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La bravura y el instinto de conservación

Con el buen tiempo y la primavera llega el momento de las pariciones de las vacas. Una etapa vital y preciosa en una ganadería, y un tiempo que a mí me hace pensar sobre el toro bravo y su instinto de conservación... Ese instinto hace que la vaca se vaya a un lugar tranquilo y apartado para poder parir. Ese mismo instinto hace que se coma la placenta por las proteínas y sobre todo para eliminar el olor a sangre que puede atraer a depredadores y lame al choto para limpiarlo y también para eliminar ese olor a sangre. Es decir, para buscar la conservación.

Después amamanta al becerro con el calostro, la primera leche que tiene unos nutrientes únicos. Tanto es así que cuando una vaca muere en el parto, lo primero que se hace es ordeñarla para extraerle el calostro que es fundamental para las defensas del becerro.

Una vez alimentado lo deja enroscado entre la hierba y se va con el resto de vacas. Esto lo hace para que si hay un posible depredador no vea a la vaca sola y sospeche que hay un becerro, una presa fácil.

Hasta aquí todo funciona según el instinto de conservación, pero se han dado casos, y en sitios como en mi finca donde hay una montería en los alrededores, que se puede escapar un perro y que puede encontrar al becerro recién nacido. En ese momento, la bravura del animal desafía al instinto de conservación y en lugar de huir corriendo hacia el resto de las vacas, el becerro ataca al depredador, incluso lo embiste. Lo mismo ocurre cuando vamos a acrotalarlos. Es el único herbívoro que no sigue su instinto porque él está diseñado para salir corriendo, por eso tiene la doble pezuña, las patas largas, el pecho por delante para coger fuerza y velocidad... en cambio, los ganaderos les hemos afianzado la bravura y eso lo anteponen a su propio instinto y lo convierten en este caso en una presa fácil. Por eso, creo que la propia naturaleza y la selección natural empujan a la bravura a desaparecer. Tiene más opciones de sobrevivir el que huye que el que ataca.

Esa bravura se la hemos dado nosotros mediante la consanguinidad. La bravura es una rareza en un bovino, la hemos afianzado tras muchos años cruzando toros y vacas bravas. A cambio de una bravura que va en contra de su propio instinto le hemos dado cuatro años de vida en el mejor entorno y en unas condiciones inmejorables. Alimentados, saneados, con reproducción por monta natural... es el único animal de ganadería que su padre y su madre se conocen. Además, estoy seguro de que esa bravura, ese instinto de atacar, que no de defenderse, hace que sufran en la lidia menos de lo que imaginamos. El ansia de lucha puede con el dolor. Estoy seguro.

En todo caso, estamos en una época preciosa de la ganadería. El próximo día sigo hablándoles de la primavera.

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La bravura y el instinto de conservación

Fernando Cuadri

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