Cuando comience a apretar el calor y las cigarras a entonar su anestesiante melodía, habrá que esperar al invierno siguiente para hablar de la necesidad de arreglar lo que no se pudo/supo/quiso corregir el invierno pasado ni en todos los anteriores. Y es que no hay espectáculo más providencialista que el de los toros. Y así nos luce el pelo.
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