Acabo de leer una crónica sobre la enésima intermitencia torera de José Tomás, esta vez en Badajoz y en competencia con El Juli, que, si el de Galapagar hubiera decidido plantear su carrera compareciendo en las ferias de la geografía taurina española habría sido su contrapunto natural. Ante tal lectura no he podido evitar una triste sensación de culpabilidad, por la parte que me toca como periodista, al comprobar con la frivolidad que algunos tratan esta Fiesta, a la que todos deberíamos respaldar para que supere la encrucijada histórica en que se encuentra. Y no es calificando a una corrida de toros como “borregos dignos de ternura más que de respeto”, como se prestigia una expresión cultural tan autóctona y enraizada en nuestra manera de ser como pueblo. Hasta el punto de que ha sido calificada como Fiesta Nacional, sencillamente porque es la más nacional de nuestras fiestas. Otra cosa es que haya algunos a los que esa calificación y todo lo que pueda conducir al concepto de españolidad les produzca repelús. Pero ése es su problema y no el nuestro, puesto que ellos son sólo el parco contrapeso de muchos millones que nos sentimos orgullosos de ser españoles.
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