A la vista de que la dictadura instalada en los corrales de la plaza de Toros de Valencia no parece tener remedio, porque se ha convertido en una enfermedad incurable estabilizada, que dura hace muchos años, y se va heredando de una generación a otra, entre los facultativos veterinarios y los representantes de la autoridad. Tal parece como si los erigidos en dictadores tuvieran como único objetivo romper por la mañana la armonía de las bien escogidas corridas de toros que se lidian por la tarde. Por sistema y sin dejarles ni abrir la boca a empresarios, ganaderos y representantes de los toreros, imponen su santa voluntad. Porque se hable de ellos aunque sea bien, los veterinarios de la Plaza de Toros de la Calle de Xátiva y los autoritas de turno serían capaces de cambiar toros por cabras y quedarse tan ufanos saboreando su poderosa sinrazón.
Siempre ha sido así, salvo en cortos interregnos en que presidentes como Constantino y Moreno – ¡cómo recordamos los periodos de seriedad que ambos protagonizaron!- impusieron el sentido común y la justicia en los corrales. Pero desaparecido el primero y apartado el segundo, las aguas turbulentas de los mediodías en los corrales de la Plaza de Monleón han vuelto a donde solían. ¡Y uno que creía que el toreo era el espectáculo más democrático de España!... Pero no, a la plaza de Monleón no ha llegado todavía la democracia y hasta es muy posible que si quienes mandan de verdad en esa autonomía no se lo proponen, en la plaza valenciana continuará encendida la hoguera de las vanidades.
Y es que, repetimos una y mil veces, conocer al toro bravo en toda su dimensión es muy difícil y no está al alcance de cualquiera, por mucha autoridad que se arrogue, pero si alguien sabe algo al respecto son los ganaderos, los toreros y hasta los empresarios. De ninguna manera unos señores que ven ocho o diez corridas al año y porque no tienen que sacar entrada. Así como suena. Y como uno sí cree que estamos en una democracia, en la que la opinión es libre, hace uso de la suya, les guste o no a los que en Valencia se autoerigen en dueños absolutos del espectáculo taurino. Las más de las veces con resultados totalmente adversos para el mismo. Dicho queda...
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La dictadura de los corrales
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