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La esencia Morante inundó la Maestranza

Esencia Morante, ese ha sido el argumento de la faena del triunfo del sevillano al toro cuarto, en la tarde de su vuelta a los ruedos. Obra personalísima, de deslumbrante creatividad, colgada del gancho de un valor sordo y sereno que no siempre se le canta, pero con el que sustenta su tauromaquia. O se tiene valor, mucho valor, o no sería posible su toreo ni sus genialidades. Le concedieron dos orejas, justa recompensa a la faena, a la soberbia estocada con la que la remató y al ambiente que generó su vuelta, lo sumas todo y se ajustan a la perfección obra y recompensa. Un gran favor al toreo. El sevillano tuvo la respuesta de Roca Rey, que no se amilanó en corral ajeno. No sería Roca. Su segunda faena tuvo gran mérito, por lo que le hizo al garcigrande y por no achantarse hasta superar el ambiente morantista que se había adueñado de la plaza. Tampoco se achantó David de Miranda, el menos afortunado en el sorteo mañanero , que persiguió con fe de catecúmeno un éxito que le permitiese mantenerse en el tren de las ferias al que tanto le costó subirse.

El cartel, de máxima expectación, abarrotó la plaza. Tenía argumento y riesgo, el de no responder a las grandes expectativas que levantó. Hubiese sido ruinoso. Felizmente no hubo decepción. Morante era el argumento de base, volvía a su trono el rey del toreo actual marcando los tiempos, algo así como el clasicismo al poder; como contrapunto Roca Rey, el peruano indomable por el día y por la noche, el amo de la juventud; y David de Miranda el tercer hombre, el meritorio, el tipo sufrido y estoico que se ha revelado contra el ostracismo, diez años le ha costado y del que se sabía que no piensa apearse de los grandes banquetes. Ese era el argumento de la apertura de curso en la Maestranza y por si faltaba rango y salseo a mayor gloria de Morante, se sumó el Rey emérito desde una delantera de grada.

De rey a rey fue la cosa, como le dijo don Juan Carlos al patriarca de los gitanos (del que lamento no recordar su nombre) cuando le visitó en su casa de Nazaret en su primera visita a Valencia tras su coronación. En el templo maestrante estaban todos, un retrato de España, desde los tendidos altos de sol a las lujosas barreras de sombra, todos, nobles, ricos, pastosos, tiesos, bien intencionados y pícaros. Quien quiera saber cómo es España que se asome a una plaza de toros concluyó Ortega, el filósofo que no el torero, lo dijo en el siglo pasado y sigue teniendo razón.

DESDE LA MAÑANA

La corrida ya se sabe, es mucho más de lo que ocurre en la plaza. Y en ese aspecto fue un gran día de toros había escrito antes de que sonasen los clarines. La ciudad era un espectáculo por sí misma. Doce del mediodía, Domingo de Resurrección, hierve y luce Sevilla. Luz, primavera, abajo los capirotes, viva las corbatas de colores, las bléiser entalladas para ellos, los trajes de sastre no menos entallados para ellas. Todos a la calle. Si hay que gastar se gasta y si no hay, también. No cabía más lujo, ni más sevillanismo, ni más vigencia, el toreo elevado al top de la actualidad. Los medios al loro de cuanto sucediese, portadas copadas y el mundo a la espera. Volvía Morante, todo se explica. La Maestranza repleta, los hoteles, los restaurantes, repletos ¡Una mesa por favor! suplicaban e insinuaban la gran propina como último recurso. Los grupos de gitanas ofrecían ramitos de romero y contaban la buenaventura por unos cuantos euros a guiris y nativos. A los instagramers les sonaba todo aquello a chino, que también los había y posaban ante la Puerta del Príncipe a la vez que disparaban sus teléfonos con furia. Mientras, los reventas a la suya, susurraban entradas a precios de locura. Nunca los erradicaran, son los antecesores de los especuladores de las viviendas, que todo está inventado. Ese era el ambiente, que al fin y a la postre qué sino podría ser un mediodía de Resurrección en Sevilla si además toreaba Morante. A su vez, políticos y ejecutivos públicos echaban cuentas sobre el impacto económico del evento con las elecciones a la vista, una barbaridad, ceros y más ceros de ingresos directos, otros tanto de los indirectos, es la defensa (o parte importante de la misma) del toreo.

LOS TERNOS

En ese ambiente arrancó la tarde. Morante con terno de diseño exclusivo, catafalco y una pedrería de especial luminosidad de los que solo se puede permitir él, a otros les crucificarían; de nazareno y oro, Roca; y de purísima compareció David de Miranda, liado con un capote del maestro Ponce, su apoderado, bordado con la imagen de la Virgen de los Desamparados. Himno Nacional previo al paseíllo, silencio y respetuoso homenaje a las víctimas del AVE y… ¡toro va! . Comenzó el momento de la verdad. Una tarde con dos partes muy diferenciadas, de decepción general la de apertura, de gran intensidad emocional y buen toreo la continuación, todo muy condicionado por los toros de Garcigrande que no entendieron la trascendencia de la tarde y embistieron más bien poco.

El primero fue una nulidad que hizo torcer el gesto a Morante que como sus compañeros brindó al Rey Juan Carlos, más por protocolo que porque el toro ofreciese posibilidades. El segundo teniendo nobleza no era toro para Roca, cuyo estilo precisa de más carbón. Lo intentó poner él en un arranque y un final de faena explosivo, pero nunca acabó de poner al público de su lado e incluso le llegaron a gritar. Y el tercero fue un manso total.

A esas alturas la corrida estaba en el alero, pero salió el cuarto, lo que se dice toro medio, simplemente noble y Morante se desmelenó. Le bordó la verónica, le aguantó un parón con el capote como si el toro ya estuviese picado, ese es valor del que les hablaba, le salió andando con repajolera gracia con la muleta, se paró en el toreo fundamental y en redondo y lo mató de gran volapié. Para entonces el precio de las entradas estaba amortizado y la expectación satisfecha.

Roca en el quinto sacó a pasear, en realidad nunca la escondió, su raza de torero grande, peleó contra el ambiente y compuso una faena a más que acabó volcando el ambiente a su favor. Tampoco se amilanó De Miranda, que en el arranque de faena cobró una voltereta de las que pueden doblegar el ánimo de los más valientes. No fue el caso y persiguió el triunfo con toda su alma. Dos orejas Morante y una por coleta sus colegas. La tarde valió la pena.

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La esencia Morante inundó la Maestranza

José Luis Benlloch

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