Digan lo que digan, Madrid es la madre de todas las batallas. La plaza que todavía da y quita a pesar de lo encorsetado que está este mundillo de la Fiesta. La feria más larga, la feria que se acerca al millón de clientes, la feria que todavía permite variedad de encastes y presencia de toreros que casi nunca, o nunca, se sientan en los apetitosos banquetes de otras ferias. En Madrid caben casi todos. Las figuras, los nuevos, los que matan el toro duro y los otros, los que están en las ferias y en las casas grandes, los que llaman figuras y los que llaman modestos, y los que empiezan y los que no se quieren ir. Y está el público, una afición que regala poco, que valora lo bueno, que logra que haya una variedad de encastes como no sucede en otro lugar y que saca su abono para vivir un mes largo en ese templo y parlamento del toreo, que es la plaza de Las Ventas de no sé qué Espíritu Santo. Pero seguro que si existe, solo puede anidar en una feria como la del Foro.
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