Esta revista dedicó en el pasado número un extra de los sanfermines. Posiblemente la feria menos convencional y más sólida de nuestro calendario. Aunque a muchos, estrechos en las ideas, les molesten esos tendidos de sol cargados de gente joven, a veces atentos, otras desenganchados, pero siempre comprometidos con el alma bulliciosa de los sanfermines. Es la fuerza de una gente, una ciudad, una historia y ese gen primitivo y básico del toro en la calle.
Donde los toros se pasean por las calles emerge la afición. Lo sabemos muy bien los valencianos, y en mi caso los de los pueblos de Castellón. Lo primero que recordamos de nuestra infancia; y luego ha ido creciendo en nuestro interés, es el toro. El toro que pasa por delante de tu casa, el toro al que un día te atreviste a quebrar para impresionar a aquella muchacha que te gustaba tanto o para ser uno de los gallitos bravos de tu cuadrilla de amigos. Da igual. El amor al toro nace en la infancia. Por eso advierto ahora un gran peligro. Me explico.
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