Luis Miguel Dominguín me contó un día, mientras almorzábamos en la mesa de José Bono en el Palacio de Fuensalida de Toledo, que Manolete, poco antes de lo de Linares, le dijo mientras hacían el paseíllo bajo una lluvia de pitos e improperios echándole en cara su sueldo: “Yo me voy a marchar ya, pero no te alegres Miguel porque cuando yo no esté todo esto será para ti”. Efectivamente, la saña contra quien, desaparecido el “monstruo” quedaba como el “número uno” indiscutible, comenzó inmediatamente, tan pronto que incluso en muchas plazas lo hacían responsable de su muerte a voz en grito los mismos que poco antes le gritaban al de Córdoba: “¡Que viene Luis Miguel!”. Así es el público de los toros, siempre deseando levantar un ídolo por el gusto de derribarlo después.
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