La palma de las corridas en puntas de la primera mitad de las Corridas Generales se la llevó Jandilla. Si se toman notas, los toros se puntúan en los tres tercios. Tiene peso decisivo el tercio de muerte, porque de banderillas en adelante es donde y cuando se retrata mejor el toro moderno.
La valoración de un toro antiguo –el anterior al peto de 1928- se hacía en función de los caballos muertos en el tercio de varas. No solo pero casi. De la misma manera que el criterio para medir toreros pasó un día a ser el de las orejas cortadas. El primer reglamento propiamente moderno, el de 1962, proscribió el corte de patas. Hace cincuenta años que no se cortan patas, por tanto. No en las plazas de primera ni en las de segunda, pero en los pueblos se cortaban patas alegremente. Del corvejón a la pezuña. No figuraban las patas en las estadísticas, pero rebotaban en las reseñas de las emisoras de radio cuando las radios daban información taurina y estaba prohibido olvidarse de los despojos. Un trofeo es un despojo.
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La palma de Jandilla
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