El toreo es utópico. Sus valores son utópicos. Pero lo son porque son reales. Son ciertos. Creíbles por siglos de ejercicio. Prefiero usar el término “utópico” a decir que el toreo es verdad, porque cada cual tiene su verdad. Todas legítimas. La verdad (todas y cada una de las que puedan existir) nos conduce a una quimera. La utopía desemboca siempre en una certeza. Sin embargo, el toreo se empacha de hablar de verdad o de pureza, conceptos relativos y opinables que, para ser ciertos, han de ser impuestos. Imponer mi “verdad” superior, imponer mi “pureza” superior. Las otras verdades son mentira. Las otras purezas están contaminadas. Se torea de verdad y con pureza de una forma y sólo de una forma. Las demás no sirven.
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