La lluvia, que arruinó el pregó magdalenero, dio una tregua este domingo. Se escondieron las nubes, asomaron el sol y las moscas, y dejó de soplar el viento, incluso el ruedo quedó en perfecto estado. Todo a favor. No se podía pedir más, sobre todo con el fantasma de la suspensión siempre en los talones, que de eso bien sabe Ginés Marín, a quien se le aguó su cita magdalenera de 2022. Por aquel entonces, a Ginés no le suponía prácticamente nada torear o no en Castellón, a esas alturas del año tenía arreglada la temporada, agendadas ya varias corridas en las principales ferias.
Escenario bien distinto al de este año. Al torero jerezanoextremeño le han dejado fuera del circuito, por lo que afrontaba esta Magdalena como la única bala en la recámara, como la gran oportunidad de demostrar la injusticia que se ha hecho con él. Ausente de Valencia, Sevilla y Madrid, había que apuntar bien en Castellón y vaya si lo hizo. Ginés Marín demostró su asolerado momento, la frescura que otras veces permanecía escondida tras un torero poderoso, donde la solvencia y facilidad, que debería ser virtud, acabó mostrándose en su contra. A veces hay que tocar fondo para salir a flote, sentir el frío del banquillo (como acuñaba el recordado Antoñete a la falta de contratos) para dar calidez a tu toreo, y verle las orejas al lobo para darse de bruces con la realidad. Que camarón que se duerme…
LA SOLERA DE GINÉS
Ginés ayer se durmió, pero en cada uno de los muletazos que dio a un toro de cremosa embestida, amexicanada si cabe por la despaciosidad. Sobre todo al natural, pitón por el que acabó encontrando el mejor fondo del toro de La Quinta, y ahí que se agarró. Y es que esa lucidez, esa claridad de ideas que afloró en cada uno de sus toros, fue clave para entender y cuajar a este toro, Bandolero de nombre, al que acabó robándole los mejores momentos de la tarde.
Ginés le dio sus tiempos, acertó en las distancias y también en los terrenos. Todo muy a favor, el toro acabó sacando todo lo bueno que llevaba y agradecido, embistió con una clase de algodón. Y ahí Ginés se rompió, se aisló de la presión del triunfo y toreó para él. Con la montera calada, ora a pies juntos ora con la pierna de salida adelantada, bordó el toreo, con esa manera apaulada de citar que rescató Morante del repertorio del genial torero jerezano. El toreo con la montera calada de Ginés ayudó a rememorar aquella estampa.
La pena es que la estocada llegara al segundo intento porque el doble trofeo, tan necesario en momentos de sequía, estaba más que asegurado. Cayó la oreja, pero ante los aficionados queda el regusto de un torero que merece la pena verlo.
Ya en su primer toro apuntó esa frescura renovada, sobre todo con el capote, tanto a la verónica como en los quites. Hubo uno por tafalleras que tuvo toreo y sentimiento a la vez. Le faltó romper adelante al santacoloma, aunque Ginés Marín trató de darle celo y a base de suavidad, extrajo momentos que calaron por su limpieza en una labor impecable y sin mácula. Si aquello no llegó al tendido, fue por la condición del animal, pero en el ambiente se palpaba a un nuevo Ginés Marín.
PALACIO, OREJA AL VALOR
Se esperaba con gran expectación la corrida de La Quinta tras su aplastante éxito del año pasado aunque, todo hay que decirlo, la siempre reivindicada corrida torista no tuvo la acogida deseada en los tendidos. Una oreja cortó Aarón Palacio, que salió como debe salir un torero con la hierba en la boca y repleto de ambición. Allá donde no llegó la técnica, lo suplió con corazón.
Y es que el quinto toro, el más alto y menos entipado, no se lo puso nada fácil. Se sobrepuso a la falta de entrega del animal y a una fuerte paliza que lo llenó de varetazos. Se armó de amor propio y le robó al toro un final de faena muy serio, de desafiante duelo entre ambos. Un toma y daca entre toro y torero. Se fue tras la espada, se atracó de toro pero hundió el acero y cayeron el toro y la oreja. Ilusionante presentación en esta tierra del torero maño, un proyecto de futuro para rejuvenecer el envejecido escalafón. Hay valor para hacer torero.
El sevillano Javier Zulueta llegaba bajo la aureola de torero de clase y triunfador en la novillada del año pasado. Sus dos antagonistas claudicaron pronto y aquello nunca pasó de lo discreto.
*Crónica publicada en El Periódico Mediterráneo
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