El hedonismo de los árabes notables del Califato de Al-Andalus no tardó en renunciar al circo romano, por considerarlo un espectáculo burdo y cruel que ofendía su sensibilidad. Y menos todavía en adoptar como propia la lidia a caballo del toro bravo de Hispania. Aquellos hombres, guerreros circunstanciales y genuinos sibaritas, tenían una vena artística que encontró enseguida en el ejercicio de alancear toros algo distinto que les atrajo, y que llegó a apasionarles hasta el punto de encontrar natural la competencia con los caballeros cristianos en tales prácticas. Parece que incluso Rodrigo Díaz de Vivar “El Cid Campeador”, en el que, posiblemente Hermoso de Mendoza tenga su más remota referencia, parece que llegó a medirse en justas taurinas con ellos.
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