El último domingo de marzo arrojó un saldo sobre el que hay que reflexionar sin excesivo triunfalismo pero también sin inútiles y perniciosos derrotismos. El toreo es así; con la luz cegadora de los éxitos cohabitan la oscura sombra del fracaso y el gris ala de mosca de la vulgaridad. Que al fin y al cabo esa imprevisibilidad también forma parte de la grandeza de la Fiesta. Dada la disposición y puesta a punto de Morante, Manzanares y Talavante, si al ruedo de La Maestranza hubieran saltado toros bravos de verdad, con el punto de fiereza necesaria para el espectáculo, la tarde del Domingo de Resurrección hubiera sido gloriosa.
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