Sevilla está mohína. Sevilla no es Sevilla en esta feria. Al menos de momento. Falta alegría de la misma forma que falta gente, falta bolsillo, faltan triunfos, faltan figuras, falta lujo, taurino claro, falta, falta, falta… Sólo ver la calle Iris tan vacía a la hora de los toros si la comparamos con otros años, sin las niñas que gritan al paso de los toreros jóvenes como si fuesen rockeros, sin las marías teleadictas a las cuestiones del cuore que no se querían perder nada, sin apenas muestra de aquellos guiris que se apretujaban asombrados -y abrasados por el sol andaluz- al paso de los lidiadores y sin los aficionados cabales que también acudían a desearle suerte a los toreros, duele tela. Se juntaban allí, media horita antes de que se escuchasen los clarines, frente a la casa del maestro Ordóñez, todos mezclados, qué digo mezclados, apelmazados con los que acudían buscando su puerta de entrada a la plaza, con los que iban a la feria o volvían de la feria o se levantaban a última hora de los restaurantes de la zona… que no estuviese todo ese enjambre social cuando faltaban apenas horas para el alumbrado se hacía raro. Diría que es una incomodidad ahora añorada. No son buenas señales, no presagia nada bueno.
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Las señales de la calle Iris
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