Se empeñó el joven torero Santana Claros, último aprendiz de Paula, que fuera a verlo y le hiciera un documental. Santana ha estado junto a él en los últimos meses, toreándole de salón, escuchando sus lecciones, hablando con el genio hasta llegar la hora de acostarlo. Y al fin fui a verlo, hace solo un mes. Me impresionó. "Maestro, por fin pude venir a verle"; "ya era hora", me dijo. Lo vi muy mal, arrastraba dos ictus, pero conservaba su mente, su cabeza, su conocimiento.
Santana le decía que yo le podría hacer una cosa bonita en televisión para que perdurara su historia; no le importó, estaba dispuesto a hacerlo pero con buen criterio su familia, sus hijos (y yo mismo), no quisieron mostrar a su padre con el inexorable paso de la vida y de la enfermedad por ese cuerpo gitano. Me dolió verle así y comprendí que había que recordarlo con la esbeltez de su figura, con el mágico capote alado y los ineludibles sonidos del compás por bulerías de Jerez. "A tu tío Juan le encantaba verme torear", me repetía orgulloso, porque su Dios, Belmonte, fue partidario suyo.
Hablamos de Morante, del toreo, de los chavales nuevos y me despidió diciendo: "No tardes en venir que aquí tienes tu casa", mientras Santana lo acompañaba a su habitación y él le pedía un cigarrillo antes de dormir.
Ya no podré volver porque como dice la letra: "Relincharon los caballos, silencio en el volapié, callaron eco y guitarra, y floreció un lazo negro en el capote de Paula".
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Lazo negro en el capote de Rafael de Paula
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