Los toreros llamados de arte han tomado posiciones en las alturas. Si fuese cierto, que lo es, el escalafón de los matadores (clasificación de corridas toreadas y trofeos) desmonta estos días de manera contundente uno de los principales axiomas del toreo, aquel que dice que en el toreo las emociones artísticas y las cifras están reñidas, de tal manera que el torero de mayor expresión artística nunca es el que más corridas torea (tampoco suele ser el que más cobra), otra cosa es la excepcionalidad y cuando se produce no deja de ser una feliz anomalía. Los escalafones de todas las épocas los han liderado los toreros de valor, los de cuerda larga, aquellos que son capaces de sortear todas las trampas e inconvenientes que surgen a lo largo de la temporada (el toro difícil, las malas rachas en los sorteos, los golpes, los pisotones, los estados de ánimo y a los públicos puntualmente adversos…) frente a aquellos otros más sensibles (vulnerables) a los avatares de la lidia.
La cuestión se entiende como una obviedad, nunca Cagancho, Romero, Paula, Curro Vázquez, ni siquiera Morante (el de mayor capacidad de todos los artistas) han estado en las alturas numéricas del escalafón. Morante, también en eso ha conseguido alterar la tradición, lo suyo ha sido más de devotos que de masas, ha llegado a encaramarse en alguna temporada a las alturas de la tabla y arrastrar masas, El Puerto de Santa María como ejemplo. Consecuencia de todo ello, los de arte han sido toreros de vigencia más extensa en el tiempo y los de enfrente de más desgaste personal y enriquecimiento más rápido, detalle este último que también cuenta. La realidad actual, salvo de nuevo el caso Morante, se carga otro axioma de los de siempre que aseguraba que en el toreo los de valor a mandar y los de arte a acompañar. Estos dos últimos años se ha producido un cambio, el mando ahora es bicéfalo, Morante/Roca o Roca/Morante, tanto monta uno como otro, mientras el papel de acompañamiento queda para el resto, ya sean de valor o sean de arte.
Morante, Talavante y Ortega dan un recital en El Puerto de Santa María
En lo que llevamos de temporada entre los cinco primeros en número de corridas toreadas figuran junto a Roca Rey, muy en su sitio, Juan Ortega, Manzanares y Pablo Aguado, con un Talavante que cabalga en los dos bandos y aparece como líder. Morante comparece en el puesto once, que tampoco se puede considerar muy alejado de la cabecera y con una agenda para el resto de la temporada que hace prever una remontada en la clasificación a poco que la imprescindible suerte le acompañe. Se trata de Morante y sus singularidades.
Y LOS JÓVENES
Otra de las singularidades de la temporada es la aparición de una camada (generación) de toreros jóvenes con muchas cualidades que a poco que la suerte, siempre la suerte, les acompañe pueden favorecer el ansiado relevo en unas alturas excesivamente añosas que comienzan a acusar desgaste en cuanto a atractivo popular. Otra vez Morante como singularidad. Se trata de un fenómeno que suele aparecer por generación espontánea dado que en el toreo no hay tradición ni vocación en lo que a planeamiento de futuro se refiere. Así que de nuevo surge el factor suerte al quite. El caso de este año tiene semejanzas (sería un sueño) con aquella generación que formaron Ponce, Finito, Caballero, Jesulín, Chamaco… y otros que finalmente no llegaron a alcanzar las alturas pese a las muchas cualidades que se le adivinaban como Antonio Manuel Punta, Marcos Sánchez Mejías, Luguillano, Posada, Blázquez…
Una generación de jóvenes, entre ellos Navalón, amenaza a las figuras
Esta vez han coincidido y ahí andan batiéndose el cobre un grupo al que se le adivina mucho vuelo en su evolución y en ellos se concentra uno de los alicientes del curso. No lo tienen fácil, teniendo en cuenta que no hay selectividad más dura que la que impone el toro. Pongamos en el grupo a Marco Pérez, no hace tanto niño prodigio y ahora matador de lo más sólido, estos días convaleciente de la grave cornada que sufrió en Santander; hay que situar también al valenciano Samuel Navalón que si bien llegó al escalafón superior con menos aura viene remontando con fuerza apoyado en argumentos de lo más convincentes, el valor, la ambición y el respaldo de una tierra que necesita buscarle sucesión a Ponce; aparece un Víctor Hernández, otro valiente con la fuerza de Madrid detrás; y Aarón Palacio, un maño menudo y bravo con maneras de torero del sur, que ya sabe lo que significa agarrar el triunfo y no tiene intención de soltarlo. Naturalmente todos quedan pendientes de la buena suerte, quién no en ese mundo de locos en el que sobreviven.
GLORIA EN EL PUERTO
Al cierre de esta página se remataba una de las tardes más deslumbrantes de la temporada. El Puerto de Santa María, papel acabado, los devotos transmutados en masa, la inspiración de los artistas, santa inspiración, respaldada por un valor que los clásicos considerarían impropios en los toreros de este género. Morante, que llegaba claramente lacerado desde Palma, sintetizó arte y valor como no había sucedido nunca en un capítulo más que añadir a su leyenda; Juan Ortega, ¿quién dijo conformismo?... por esta vez además de esculpir la verónica guerreó sin renunciar a las formas para no quedarse atrás; y Talavante dio brillante réplica a la suerte que le acompañó en el sorteo. Que se televisase fue una suerte y un activo para ganar adeptos a la causa taurina.
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Los artistas asaltan las alturas
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