Una llamada me ha alegrado sobremanera. Se trata de un torero, cuyo nombre no diré, de los de más alto caché y que torea todo lo que quiere y donde quiere, porque su categoría y el interés que despierta en el público es incuestionable.
He recibido numerosas llamadas de toreros y aficionados, mostrándose de acuerdo con mi artículo publicado en esta web con el título de “Los gladiadores del siglo XXI”. La verdad es que, en cuanto a los coletudos, todos menos unos eran de los de la “brigada de choque”, entendida no por la calidad de los que la componen, sino porque pechan cada día que se visten de luces con “el toro grande y el billete pequeño”. Es natural, y no me ha sorprendido lo más mínimo. Al fin y al cabo, son los auténticamente perjudicados por el llamado “sistema”.
También me han llamado algunos ganaderos y uno de ellos me ha dicho en corto y por derecho: “A ver cuando le dedica usted una revolera a la precaria situación en la que nos debatimos la mayoría de los criadores de reses bravas que no gozamos de las preferencias de las figuras, ni formamos parte del censo de ganaderías “heroicas” con las que se fajan los legionarios del toreo”. Y se extendió en el análisis de las dificultades que hacen de la cría del toro de lidia un negocio ruinoso. Y tienen razón; algún día habrá que explicar lo que cuesta poner en cuatro años un toro bravo, entre cuidados veterinarios, piensos, personal y demás gabelas, y lo que se cobra por él. Les aseguro que la operación es poco menos de “lo comido por lo servido”.
Pero una llamada me ha alegrado sobremanera. Se trata de un torero, cuyo nombre no diré, de los de más alto caché y que torea todo lo que quiere y donde quiere, porque su categoría y el interés que despierta en el público es incuestionable. Le dije que no acababa de entender su llamada puesto que él no se debía sentir concernido por la situación de los que denominé “gladiadores” en el artículo de marras. Su respuesta fue la siguiente: “yoYo soy torero por encima de todo, y la suerte o la desgracia de todos los que se visten de luces no me puede ser ajena, y la situación que usted describe en su escrito es real y sangrante”.
Si antes de su llamada tenía un alto concepto de la hombría y profesionalidad de ese torero, ahora esas dos virtudes, para mí, se han multiplicado. Y es que los grandes, en cualquier profesión, no lo son por casualidad.
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Los grandes, grandes son
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