Una tarde de toros tiene todos los registros posibles. La gloria, el petardo, la salida a hombros, la enfermería… La tauromaquia tiene ese brillo del triunfo y de la grandeza de poderle a un toro con gusto y magisterio. O lo contrario: no entender al toro… y asoma la bronca. En este gran espectáculo siempre revolotea algo que no se nombra cuando se hace el paseíllo pero que siempre llega: la cogida.
Ahí es donde llega el milagro de unos profesionales que gustan y aman la Fiesta y están preparados para hacer el quite a la cornada, al dolor, a la vida. Son los médicos taurinos. Los más generosos y necesarios para que la tauromaquia siga vida.
Yo fui muy amigo de Ramón Vila, el gran referente, el ejemplo perfecto para sanar y para evitar hasta donde se puede. En su entierro yo vi llorar a muchos de sus compañeros de oficio y de pasión. Y es que se gestó en esos años una generación magistral para los toreros. Y cuando escribo toreros me refiero a todos los que se visten de luces: el matador, la cuadrilla de a pie, los de a caballo y hasta los mozos de espada. Ramón Vila, tras la muerte de Paquirri, su amigo y del que era albacea, me pidió que le ayudara a que en todas las plazas estuviera un médico con conocimiento taurino. Ramón, el gran referente, se suma a una generación fantástica: don Máximo, los Crespo, padre e hijo, dos ejemplos de afición a la Fiesta y a la profesión, González Masegosa, qué bravo frente al dolor, Val-Carreres, manos salvadoras… todos ellos son el mejor escudo para salvar vidas en la tauromaquia de los sueños, de los triunfos, del dolor y por qué no decirlo, de la cercanía de la gloria o del final. Ramón Vila me decía siempre: “Manolo, los médicos tenemos que curar pero nosotros podemos cerrar los ojos en cualquier otro momento, pero no cuando un torero es cogido. Cuando a mí me llevan un torero herido que no he visto ser cogido, tengo más dudas que cuando estoy en la plaza y he visto el percance”.
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