Categorías: Opinión

Los victorianos y el quinto mandamiento

Los toros de Victoriano del Río, que durante un tiempo fueron de los más deseados por las figuras, están a punto de que estas les apliquen el “no matarás” del quinto mandamiento. Y es que de los cien gramos de casta que sacan cuando salen por la puerta de toriles, se gastan noventa en los caballos y con los diez que les quedan cuando llegan a la muleta apenas tienen para huir hacia las tablas, desentendiéndose de sus lidiadores. Y así, de poco vale que los amigos del ganadero canten la clase y la buena presentación de sus productos, porque les falta lo principal: que es la acometividad que da la casta.

Esta tarde, los victorianos han dado al traste con uno de los carteles más atractivos de esta Feria de San Isidro, con un Castella que hace dos días asustó al miedo y abrió la Puerta Grande, un Manzanares esperado con ilusión en su segunda comparecencia, y un Cayetano que ha tenido que aguantar inmóvil hasta que cesaron las protestas de un sector del público, antes de aceptar la oreja que trataba de entregarle el alguacilillo.

El francés y el alicantino se han ido sin tocar pelo, pero de haber tenido delante toros que se hubieran empleado a fondo en sus respectivas muletas, en vez de pasarse el tiempo buscando la huida para refugiar su mansedumbre en las tablas, habrían conseguido trofeos, dada la disposición con que ambos se mostraron durante toda la tarde. Y eso está ocurriendo demasiado a menudo con los toros de don Victoriano. Sería una pena que se echara a perder un hierro con tan buen fondo, por buscar con demasiado ahincó la “comodidad” que los toreros que pueden exigir reclaman.

Parodiando aquel anuncio del dentífrico, “un poco de pasta basta”, bien se podría decir de los “victorianos” de esta tarde, que no era un poco de casta lo que les faltaba sino casi toda, y así solo han tenido iniciativa para cantar la gallina rajándose enseguida, y clamando por un lugar por donde escaparse de la arena en cuanto veían a un torero con la muleta y la espada en la mano. Una pena…

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Los victorianos y el quinto mandamiento

Paco Mora

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