Bastaron un par de faenas a sendos toros de Gavira y Carriquiri para que una tarde del mes de agosto el nombre de Iván Vicente volviera a estar de actualidad. Su actuación, que a punto estuvo de abrirle la Puerta Grande de la Monumental de Las Ventas, fue un acto de rebeldía clásica, una reivindicación propia y un canto a los cánones bajo los que se sustenta el toreo de siempre, ése que permanece por encima de modos y modas.
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