Cuando estaba toreando con una naturalidad, un relajo y una armonía al alcance solo de los privilegiados ha caído El Rey de los toreros, sitiado por los pitones del quinto toro de la tarde. ¡Quién dijo que no hay quinto malo!... Una cornada en el glúteo y al caer con todo el peso del cuerpo cargado sobre la pierna izquierda se le ha vuelto la rodilla del revés. Desde la butaca de mi casa frente al televisor he notado el crujido en el alma. Solo la “mala baji” ha podido romper el encantamiento. Quiera Dios que los ángeles toreros inspiren las manos del equipo médico del doctor Zaragoza y Enrique pueda salir bien de este desgraciado momento, y al menos pueda quitarse del toreo cuando él quiera y no cuando los “malos mengues” lo decidan. Quiéralo la Cheperudeta, esa virgen a la que el torero visita todas las mañanas que torea en su Valencia.
La casta, junto a su buena cabeza torera, es el gran motor que lo ha mantenido treinta años de figura cumbre, ya que esa puñetera rodilla hace tiempo que le venía avisando aunque él se negaba a hacerle caso. Para mí, esta tarde en el ruedo de la plaza de la calle de Xàtiva no solo ha caído herido un torero muy grande, sino también un amigo de los que suelen durar toda la vida.
Como dijo el poeta, sobre otro torero grande: “Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un varón tan rico de aventura”. Fuerza, Enrique, que somos muchos los que habiéndosenos olvidado rezar, esta noche nos dormiremos rezando por tu pronto restablecimiento.
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