Siempre me lo decía, "no hay que ir a una corrida de toros, hay que vivir un día de toros". Tienes que acudir al sorteo, tomar el aperitivo, comer con taurinos, tomar la copa y a los toros, después al hotel de siempre (ya no los hay) y por último celebrar el éxito o comentar el fracaso de la tarde. El Lozano díscolo que siempre quiso ir por libre. Manolo Lozano, un taurino de la época que afortunadamente conocí sin ser contemporáneo. Me recordaba a Pepe Villalón, aquel torero que trabajó con mi familia en los años sesenta y setenta, y es que Villalón era como Manolo Lozano pero en sevillano. Los dos andaban haciendo el paseíllo, a compás.
Manolo Lozano era torero de joven, de apoderado, de empresario y de viejo... era torero. Ese tipo de taurino era necesario, pero desgraciadamente se han perdido, ahora están los que nada tienen de romántico y solo van por la pasta. Disfrutaba Manolo en su plaza de toros de Baza, en Granada, en la época de Juli. Recuerdo un día en Murcia bajar a la cafetería del hotel y tomar café con él, pero no el café del bar sino el que él mismo se había traído de Colombia pidiéndole al camarero que se lo moliera. Lo veías disfrutar en las corridas y con las corridas, con las faenas gloriosas, no como ahora que solo disfrutan con la taquilla. Fue empresario de plazas en Colombia, propietario de Baza y hasta de Tánger, donde tomó la alternativa por imposición de El Cordobés que no le cobró por contratarle si él le convertía en matador. Y así fue.
Apoderado de muchos matadores, entre los más recientes El Juli y Morante, con el que se retiró. Estos hombres, estos taurinos, tendrían que tener estatuas como los toreros, porque al ser una especie en extinción tiene que haber un modo de recordarles. Nos dejó Manolo Lozano, el último mohicano del toreo.
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Manolo Lozano, el último romántico
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