Hay noticias que te minan la moral y te mueven a la reflexión. Me refiero a lo de Maximino, el empresario que tiene que abandonar su joya, labrada por él mismo, de Brihuega, un caramelo para las figuras y una cita para la afición, una fecha obligada que ni siquiera estaba en el calendario oficial. Maximino, como Cutiño y tal vez unos poquitos más son “constructores” de espectáculos y no “destructores” de la Fiesta. Y encima parecen honrados y honestos. No son Romeros del tocomocho. Debieran ser, por tanto, gente a respetar, especies a cuidar, personas a las que agradecer su trabajo, su esfuerzo y su rentabilidad para el colectivo taurino.
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