Entretenemos el invierno con América y nos olvidamos de España. Es como un relajo, posiblemente necesario, porque América sigue teniendo ese punto de ensoñación, de tiempos gloriosos, de conquista, de calidez frente al abrupto invierno de nuestro país. América tiene, al menos para mí, una virtud fundamental: la internacionalización de un sentimiento, un espectáculo y ese milagro metamorfoseado de cambiar la violencia del toro en dos caminos válidos y milagrosos: el arte y/o la emoción. Y añadan el resto de ingredientes fundamentales de la obra que llamamos toreo: naturalidad, temple, dominio, inteligencia, valor, etc.
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