Un día escribí una carta a Carmena que leí en la radio, posiblemente la más dura que he escrito y leído. Y mira por dónde, ahora se ha amansado su antitaurinismo y ya tiene argumentos para no meterse con la Fiesta y respetar a ese milloncito de ciudadanos que asiste al larguísimo serial de Las Ventas del Espíritu Santo. O sea, Madrid. Ahora Carmena ha estado dulce como un bizcocho con los aficionados a los toros. Pero aquí se pasan la pelota de unos a otros y ahora es Pablo, el de Galapagar, vecino de los victorinos habidos y por haber, el que le quiere poner un petardo a la fiesta de los toros como si los millones que acudimos a ella en España, en Francia, en Portugal, en México, en Ecuador, en Colombia, en Perú, en la doliente Venezuela, necesitáramos que alguien nos llevara por “el buen camino de sus cabreos” como si ese puñado de ciudadanos no supiéramos distinguir entre el bien y el mal, entre la tortura y la grandeza de un espectáculo que no le voy a explicar ahora porque ni le interesa ni yo quiero perder el tiempo.
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