Un día un amigo me dijo: ten Memoria. Él lo escribió con minúsculas. Yo con mayúsculas. Ten Memoria. La inventé yo, le respondí. En el toreo, como en la vida, porque el toreo es la puta vida, la memoria son dos. Una, la que transporta al propio toreo. Esa que existe, desnuda y sin domar, sin norma ni guión, que asoma en cualquier esquina, charla, café o cigarrillo. En cualquier noche o madrugada que se habla de esas cosas de las que casi ya casi nadie sabe hablar: de la vida, del arte, de la creatividad, del miedo, del valor, de mujeres, de hombres, de lealtades… Porque la memoria, que se expresa en mandarín, esperanto y bable y los idiomas de las arañas y de los caballos, necesita, sin embargo, de un lenguaje humano: la sensibilidad. Es decir, el talento. Lo que nos une. Y lo que, al mismo tiempo, nos separa entre nosotros.
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