Las cosas como son. Aquí, en la belleza taurina de Sevilla, hubo ferias que pesaban como el plomo. Mucho escaparate y poco fondo. Mucho toro torerista y mucha paciencia y sopor vacía de emociones. Este año, sin embargo, las cosas han mejorado y la feria ha tenido días de vino y rosas, aunque arrancara con los toros de Torrestrella, en tono menor, con un Garrido a medio gas, un Joaquín Galdós -el otro peruano- escalando posiciones con su clasicismo barroco y dejando una estela de personalidad muy peculiar. En otra línea muy distante de su paisano Roca Rey. Y más ánimo que oficio, como es lógico, en Alfonso Cadaval, el hijo del gran Moranco, con más ilusión que oficio. Y eso se nota. Torear también es un oficio que madura o pudre. Alfonso lo que necesita es torear y encontrar el fondo de su toreo. Pero su segunda corrida como matador, y las dos en la Maestranza, solo son preámbulo de lo que sueña en su bisoñez taurina.
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