Lo de Morante es punto y aparte. Es otra cosa. O mejor aún: es la cosa, con alas de divinidad que sueña el aficionado. Sueños que el de La Puebla convierte en realidad como si los cuentos de infancia alguna vez fueran tangibles. Morante tiene el catálogo completo de la tauromaquia. Y cada día más maduro y más acerado. Morante tiene las bolitas de colores que Paula asegura que el ser superior lanza desde las nubes más altas, los días en que está de buen talante. Morante debió hacer acopio de esa magia porque en Valencia, mi tierra, la misma que saca por la puerta grande a la alegría bullanguera, o a las luces de colores, entró en éxtasis en la misa cantada de Morante con el toro de Juan Pedro. Toro vulgarcito, normalito, sin acabar de humillar. Pero él le tenía fe. Lleva varias bodas toreras con lo de este hierro. Y con el aplomo, la levedad, la profundidad, mezclando en el punto exacto todos los pilares del buen toreo: valor, temple, gusto, armonía, compás, creatividad, el arco iris completo de la tauromaquia de los dos últimos siglos y además una técnica muy importante, que algún día habrá que explicar despacio y razonando.
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Morante: Punto y aparte
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