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Morante y la industria óptica

En cuanto a lo de las gafas, pues miren ustedes por donde a mí me parece un detalle de repajolera gracia. Que hasta tiene su toque de un sentido del humor que yo no le conocía a José Antonio Morante.

La travesura de Morante en Alicante, lanzándole al “usía” unas gafas, gesto que olía a indirecta muy directa sobre el mal ojo del señor en cuestión para calibrar el premio que merece una faena, ha tenido partidarios y detractores. Algunos hasta se han enfadado con el de La Puebla, como si su actitud hubiera sido una grosería. Lo cierto y fijo es que el primer apéndice auricular es prerrogativa del público y si este la pide por visible mayoría, el juez de plaza se tiene que tragar doblada su opinión y concederla. Pero la segunda es harina de otro costal; en esa ya tiene mucho que ver la valoración que haga el presidente de la actuación del matador. Y al parecer, el hombre del balconcillo de la plaza de la ciudad del Benacantil no vio merito suficiente para sacar el pañuelo por segunda vez. Aunque en este caso los que calibran el triunfo de un torero usando como vara de medir la emoción que provoca en los tendidos, no coincidieron con la estimación del “usía” ni la de los “usiitas” que le asesoran.

La faena de Morante en las feria de Fogueres de Sant Joan fue artísticamente emotiva, y eso debería bastar para que un presidente de plaza atendiera la masiva petición de un público que ha pagado su entrada, y tiene perfecto derecho a dejarse llevar por la emotividad de un trasteo como los que es capaz de protagonizar, cuando levita en estado de gracia, el sevillano de oro del toreo actual. Nadie ha dicho que fuera un modelo de diseño en términos de ortodoxia taurina, ni que hubiera podido darle al toro más pases o menos pases. Ni que su trabajo no tuviera alguna imperfección o que la espada cayera más o menos ladeada, porque el arte para serlo no necesita ser perfecto. La perfección puede ser la euritmia de la técnica aplicada a cualquier ramo de la industria, pero el arte del toreo es otra cosa. En la tauromaquia no siempre dos y dos son cuatro. Y mucho menos cuando un genio como Morante anda suelto por la cara de un toro…

En cuanto a lo de las gafas, pues miren ustedes por donde a mí me parece un detalle de repajolera gracia. Que hasta tiene su toque de un sentido del humor que yo no le conocía a José Antonio Morante. Y es que hay por esas plazas de Dios una serie de presidentes que parece como si nos lo hubiera mandado Santa Lucía, patrona de los reparados de la vista. Que necesitarían, no unas gafas sino un exhaustivo reconocimiento óptico a ver si se enteraban de que no están allí arriba sólo porque han pasado a la segunda actividad…

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Morante y la industria óptica

Paco Mora

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