No necesito ser el creyente perfecto para admirar las procesiones de Semana Santa. Tampoco necesito ser un arcaísmo de reloj de arena para respetar en ella a los que tienen fe. Yo, más que tener fe, le tengo fe. A la Semana Santa. Creo en ella. Aunque no crea. Por la profunda coherencia que me provoca saber que forma parte de un país que desea, año tras año, hacer la Semana Santa como la hace. En el sur con más duende (a veces en vez de duende, demasiado tipismo), en Castilla con más capa parda, en el Levante casi con pólvora. En realidad es como en el toreo, tan igual siendo tan distinto en Pamplona que en Sevilla. Los toros y las procesiones son esas escasas cosas que arraigan a cada cual a su tierra. Con sus expresiones distinguidas y distintas de norte a sur.
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