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Los toros de La Quinta, en los corrales de la plaza de Valencia
¡Toro va!... El grito/aviso retumba en el silencio de la plaza ahora vacía. Todo seguido una sucesión de ruidos secos, golpes y pezuñazos sobre la rampa del desembarcadero advierte que la cosa va en serio. Ha llegado el toro, ha comenzado la feria, no es un espectáculo, es una ceremonia. Pensar otra cosa sería traición. Desde ya, manda la expectación, el miedo, la responsabilidad… Es la mañana de desembarque. Un toro cárdeno, de mirada vivaz y sorprendida, enfila la manga del desembarcadero camino del corral de recepción. Una puerta se abre para cerrarse inmediatamente. Y otra y otra. No hay vuelta atrás. Son golpes secos y precisos. Nadie ha hecho un movimiento en falso. La operación vuelve a repetirse hasta ocho veces. Tantas como toros han mandado los Martínez Conradi, que este año lucen etiqueta de ganaderos de postín (escrupulosos hasta la exageración, aseguran quienes les conocen) y no es que antes no lo fuesen, eso se lleva en el credo más personal, solo que este año el sistema que manda en el planeta toro les ha reconocido el estatus, en términos taurinos, el cartel, en el toro tienes cartel o no tienes, es decir, la ruina. No es el caso. Cuarenta años persiguiendo la gloria, intentando rescatar nada menos que un encaste que desde que el maestro Camino colgase el chispeante estaba a punto de perderse en los vericuetos de la modernidad torera, ha alcanzado recompensa en las primeras ferias.
Fortes, hijo de torero y de torera…ha remontado desde el desahucio sistémico
A los toros de los Martínez Conradi se les conoce por los toros de La Quinta, nombre de la divisa; por los santacoloma denominación de su encaste; también por los cárdenos, en referencia al pelo predominante en la vacada. Este año tienen el honor de abrir el ciclo de festejos mayores en las Fallas. Han venido cuatro toros cuatreños y otros cuatro con los cinco años cumplidos, detalle que siempre añade seriedad y misterio. Los conocedores de la cuestión siempre dijeron que la edad no es determinante, pero con cinco años los buenos son mejores y los malos una pesadilla. Todos los que han traído son cárdenos en las distintas proporciones que permiten las mezclas de pelos blancos y negros.
Ya en la tranquilidad de los corrales nadie quiere hacer pronósticos, pero las miradas están puestas en Corbatillo, que es hermano de padre del Tapabocas, el toro que se ganó la vida en Bilbao. También han traído a Ibarreño, a Cartujano, Comadrejo, Numantino y Cuarterón que salvo problemas de última hora deberán ser los seis que salten al ruedo.
Román llegó al toreo y le puso una sonrisa al riesgo. Tiene un atractivo especial
El desembarque, como es obligado, ha despertado cábalas y pronósticos. Un toro te gana por cualquier detalle, por su mirada, por la conformación de los pitones o por si es bajo o es alto, por el pelaje, o si te recuerda a otro que fue muy bravo, también por su actitud... A los menos conocedores de la cuestión les ganan los más alborotadores, aquellos que se embisten entre ellos con cualquier excusa, se arrancan a su sombra, se suele decir; los más conocedores de la cuestión se quedan con los tranquilones, es síntoma de confianza y nobleza. En ese ambiente previo, la autoridad administrativa, que no siempre coincide con la autoridad que da el conocimiento, observa y toma nota de manera afanosa, con frecuencia llevados por extrañas interpretaciones del reglamento. Esa es la jodida realidad. Los conocedores reales, los que criaron tan bellos animales y también quienes se juegan la pasta y la vida, en esos momentos se tientan las medallas de sus devociones. No es que sean muy practicantes, que muchos de ellos lo son, pero en esos trances y llegadas las vísperas todo amparo es poco.
Y TRES VALIENTES
Enfrente, los toros de La Quinta tendrán a tres valientes en el sentido más descarnado. Valientes de los de carta cabal, tres tipos desnudos de mistificaciones, Fortes, Román y De Miranda. Lo suyo en la plaza no tiene artificios ni argucias ni engañifas, son perseguidores de la gloria con fe de catecúmenos que ansían el paraíso. Fortes, malagueño, hijo de torero y de torera, naturalmente nunca pensó en otro futuro vital que no pasase por ser torero. Recio, circunspecto si se admite el término, de pie firme, ha remontado su carrera desde prácticamente el desahucio sistémico. Román, por su parte, llegó al toreo y le puso una sonrisa al valor. Poseedor de una consciente ingenuidad en la plaza que le da un atractivo especial, no ha habido quien le detuviese en su empeño de ser torero. Por último, de De Miranda cabe decir que es un resiliente vestido de luces. Viene, es lo último, de asustar al miedo en Olivenza. Nada de todo lo dicho de la terna les asegura el triunfo, pero les acerca, les acerca.
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No es un espectáculo, es una ceremonia
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