Con sus manos acarició las astas de las vacas más fuertes de España, con sus piernas templó sus fuertes embestidas, y con su agilidad innata burló a la muerte miles de veces...
Cuanta tragedia, cuanto dolor, cuanta consternación, cuanta impotencia...
Se nos ha ido un grande, un torero del pueblo. Sí, torero, porque para ser torero hay que tener el don del temple, y él lo tenía. Con sus manos acarició las astas de las vacas más fuertes de España, con sus piernas templó sus fuertes embestidas, y con su agilidad innata burló a la muerte miles de veces, disfrutando y haciendo disfrutar. Con bondad, con generosidad, como era él.
Lo recordaremos siempre, con su anilla certera, con sus movimientos gráciles, que parecían fáciles delante de los toros. Con su afición inescrutable que le llevó a la muerte, pero que le dio más vida si cabe durante su existencia. Se queda atrás una familia destrozada, pero orgullosa de lo que fue. Una afición corneada y una última ovación atronadora. Y el pueblo, por tanto, despide con lágrimas a uno de los suyos, criado en el seno de una comarca que admira a los ilustres de esta fiesta humilde pero verdadera. Con tanta verdad que hasta duele. Duele mucho.
Juan Ramón Soler “Majín” se fue. Que recuerde todo el mundo ese nombre, que quede grabado en la historia de la fiesta de “bous al carrer”, porque fue y siempre será uno de los grandes. D.E.P.
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Nos dejó un grande
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