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La Revolera

Cantando las cuarenta

Vamos a hablar claro pero sin echar el carro por el pedregal. Para eso están los que deberían haberlo dicho todo o callar para siempre.

Y me estoy refiriendo a tres paisanos y un general del toreo, que tienen la máxima responsabilidad en el contencioso bajo cuya negativa influencia va a comenzar esta temporada de 2012. Y que no cometan la torpeza, a través de sus lacayos cibernéticos, de pedir nombres porque, como dice el titulo de la película: “No me pidas que te beses porque te besaré”. En esta maniobra de listos que ha devenido en juego de necios se han cometido tres grandes errores. El primero la inoportunidad del momento para reivindicaciones de millonarios, cuando en este país el trabajo es un bien escaso y de momento no se vislumbran visos de mejora. Lo que reduce cada día más la capacidad de las familias para gastos superfluos. Y me reconocerán los autores del “levantamiento” que los toros no son artículo de primera necesidad, cuando la cuestión se instala en el comer o no comer. Situación en la que el hecho de que un grupo reducido de toreros gane unos millones más o menos, se convierte en una preocupación ínfima para la inmensa mayoría de los españoles. Este primer error, llamémosle de apreciación, hace impopular la postura de quienes se han sumado a la reivindicación. El segundo error ha sido poner sus derechos en manos de una entidad comercial ajena al negocio taurino, del cual solo tiene el falso cliché que circula por peñas y corrillos y lo que le hayan contado los interesados. El toreo, como negocio que es cuando se convierte en espectáculo, tiene su dinámica propia y no admite otro tratamiento que la negociación entre empresarios y prestadores de servicios (los toreros) y proveedores de materia prima (los ganaderos). Sobre el interés de los resultados de esa negociación decide el público en las taquillas. Y el tercer error; entrar en una guerra de comunicados victimistas y lacrimógenos, que resultaría irritante si no fuera grandilocuente, exagerada y hasta con ribetes ridículos que le quitan categoría a los que la han plateado. Los toreros se deben comunicar con el público con la muleta y la espada en la mano delante del toro. Aquí ha habido un grupito, reducido pero muy osado, que se ha pasado de listo. Unos empresarios que tienen la piel curtida en mil batallas y que en estos momentos, económicamente críticos, no están dispuestos a ofrecer su hombro para que lloren en él los pobres millonarios del toreo. Y finalmente, un grupo numeroso de caballeros, que son los ganaderos, que han callado porque saben que si ellos dijeran la verdad del cuento se armaría la parda. ¿O están dispuestos los G-10 a sacar a la luz pública sus exigencias en el aspecto ganadero? Si los criadores de reses bravas hablaran, acabaría la cuestión en cinco minutos. Lo que ocurre es que ellos saben que el daño para la Fiesta seria inmenso y quizás irreparable. Y no son tan imprudentes. Y también ellos podrían esgrimir más de G-10 razones para saltar a la palestra y acabar con tanta triquiñuela y lloriqueo.