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TAL DÍA ESTA SEMANA (28 de junio de 1988)

Capea se encierra en Madrid con victorinos y borda el natural

El Niño de la Capea mató el 28 de junio de 1988 en Las Ventas seis toros de Victorino Martín. El salmantino saldó la gesta con un total de tres orejas, obteniendo dos de ellas del quinto ejemplar, un victorino con el que el diestro charro bordó el toreo al natural. Así lo contó APLAUSOS.

Capea, con la cuadrilla de aquella tarde.
Capea, con la cuadrilla de aquella tarde.
Largo el muletazo del Niño de la Capea.
Largo el muletazo del Niño de la Capea.

Se trataba de la tradicional Corrida de la Asociación de la Prensa. El Rey presenciaba el festejo desde una barrera acompañado de Santiago Martín "El Viti", y su madre, la Condesa de Barcelona, ocupaba el Palco Real. José Luis Suárez-Guanes, en la crónica de APLAUSOS, escribía: "La corrida de la expectación no se pudo redondear hasta el quinto toro, ya que los cuatro primeros astados de Victorino no ayudaron para nada al torero. Pedro los despachó con dignidad (los tres primeros al primer intento estoqueador ,aunque en la segunda y tercera ocasión la espada cayera bastante baja) y siempre haciendo gala de una gran voluntad, de unos enormes deseos, de un afán por salir airoso de la prueba, tal como después lo hizo". Sobre la lidia del quinto toro de la tarde, Suárez-Guanes relata: "En el quinto cambió la decoración. Creo personalmente que el quite del sobresaliente Utrerita puso el signo triunfal de la tarde. A partir de ahí se vieron las posibilidades de un toro al que, como a algunos de sus hermanos, le habían pegado mucho en los encuentros equinos. Después, Pedro Moya toreó con gusto en los pases por bajo, se recreó en los ayudados y tras unos derechazos un punto rápidos, pero rematados con un pase de pecho extraordinario, llegó el recital de la mano izquierda en la que sometió a la res y toreó con un temple y una armonía exquisitos. Dos series extraordinarias en las que la muleta barrió la arena y en las que Pedro, el maestro y el científico profundo, se convirtió en el más preciado artista". "De tanto estrecharse -prosigue- volvió a sufrir una voltereta -ya había sufrido otra en el tercero-. No importaba ya nada: ni los millones, ni las fincas, ni el ganado, ni esos dones tan preciados como son la mujer y los hijos. Lo único que importaba era pasar a la leyenda de verdad, como un hito importante de la historia de la tauromaquia. La tercera tanta fue portadora de la misma calidad. Y después, a la antigua, sin aburrir, sin cansar con series interminables, la estocada al encuentro decisiva y determinante para que, tras una muerte espectacular y rápida, las dos orejas del noble victorino llegaran a su poder. Apoteosis triunfal. Vuelta al ruedo lentísima. Reconocimiento por Madrid de su maestría que le da el título de uno de sus hijos predilectos". Tras pasear la oreja del sexto, "se va por la puerta de las grandes efemérides y su nombre queda impreso para siempre en el libro en el que sólo tienen su sitio los grandes colosos del toreo", concluye.

Niño de la Capea salió  a hombros.
Niño de la Capea salió a hombros.
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