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La Revolera

Un ojo en Cuenca y otro en Bilbao

He pasado la tarde con un ojo en Cuenca y otro en Bilbao. He tenido, como dice el poeta, “entre dos amores mi corazón repartío”. En Cuenca actuaba el llamado en México Brujo de Apizaco. Vamos, Rodolfo Rodríguez "El Pana",...

He pasado la tarde con un ojo en Cuenca y otro en Bilbao. He tenido, como dice el poeta, “entre dos amores mi corazón repartío”. En Cuenca actuaba el llamado en México Brujo de Apizaco. Vamos, Rodolfo Rodríguez "El Pana", que a estas alturas al único que le puede hacer la competencia es al Almanaque Zaragozano. Lo mejor de su actuación en la ciudad de las casas colgantes ha sido su tambaleante, crispada y ceremoniosa vuelta al ruedo en el cuarto de la tarde, una vuelta al ruedo que no la mejoraría Buster Keaton, aquel del Maquinista de la General. Esta tan huérfana esta Fiesta nuestra de torería, garbo y salero que los espectadores se conforman con simples detalles de personalidad que, aunque sea la chirriante, tensa y desgarrada de El Pana, la agradecen.

Y es que a casi todos los toreros actuales los pones en un cesto como si fueran huevos, metes la mano a ciegas y sacas uno y es lo mismo que todos los que queda dentro. Cosas de las escuelas, cosas de la masificación, cosas, cosas, cosas que han hecho de este mundo un aburrido avispero en el que las avispas ni siquiera pican. ¡Coño! Y El Pana es diferente, y eso mola al margen de que los pases de muleta o de capote le salgan más o menos sicodélicos. Vamos que El Pana interesó en Cuenca y aquello fue una fiesta. Una fiesta en la que la parte seria la pusieron Padilla y El Cordobés que hicieron lo suyo, éste hasta el salto de la rana que tampoco es moco de pavo, y aquel, Padilla, arrimarse como un tejón y jugársela a cara o cruz. Dios guarde a Padilla que desde aquello de Zaragoza es de todos, de todos los que rezamos por su salida con bien de aquel desastre.

Claro, así las cosas Vista Alegre quedó casi envuelta en una densa bruma, pues ya se sabe que una corrida de Victorino es una corrida de Victorino, y que de tanto serlo resulta previsible. Si además la matan Ferrera, Urdiales y El Cid, el tirón de la curiosidad se lo lleva fácilmente El Pana en Cuenca. Allí está el misterio, aquí la seguridad de tres toreros que se le van a jugar, porque no pueden hacer otra cosa que lo que han hecho siempre con lo de Victorino; ponerse en plan heroico y al bueno cortarle las orejas y al malo sudar la camiseta hasta poderle meter la espada en todo lo alto. Si se hubiera tratado de ver con los de Victorino a los que van de un lado a otro matando garcichicos, zalduenditos y demás menudencias, la cosa sería distinta. Pero eso es un sueño. Por eso que a nadie le extrañe que en Cuenca entusiasmara El Pana.