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La página de Manolo Molés

Por Manolo Molés
Por Manolo Molés

Ese “tres en uno” infalible

Los triunfos, la indiferencia o los fracasos de San Isidro pasan factura positiva o negativa a toreros y novilleros. Madrid pesa. Pesa para triunfar; pero pesa también para el trato que recibes una vez rematada la gran feria. Sin duda los grandes favorecidos son jóvenes como Ginés Marín y Juan del Álamo, que abrieron la puerta grande. Pero esa salida a hombros mirando a la calle de Alcalá vale para todas las edades, y ahí está tan fresco, tan remozado, con planes para corto y largo plazo, Enrique Ponce.

Lo del valenciano de Chiva es para hacérselo mirar. Toda su carrera ha ido en progresión, nunca en declive. Y hay datos que marcan un carácter y un fondo de armario como profesional. Ponce, por fortuna, ha recibido pocas cornadas pese a lo muchísimo que ha toreado. Pero aquel día en Valencia el pitón entró por la axila y se acercó a órganos vitales. Pese a ser uno de sus mayores percances, Enrique mantuvo la serenidad, paró las prisas y se fue a pie a la enfermería envuelto en la ovación de sus paisanos.

La cornada fue seria y pudo ser peor. La recuperación necesitó paciencia y tiempo. Aquel fue el año que las figuras, varias de ellas, le volvieron la espalda a la Feria de Abril de Sevilla. Fue un año horrible para la Maestranza y el abono cayó en cifras desoladoras y sin recuperación. Ponce resultó, como digo, herido en marzo y sin embargo entendió que debía echar una mano a una gran feria como Sevilla. Y fue a Sevilla. Y encima fue también a Madrid. Otro menos ambicioso, o menos consecuente, o con menos valor y compromiso, se hubiera quedado en casa para recuperarse poco a poco. Ahí nos dimos cuenta que cada año vestido de luces sumaba y no restaba. Esa cuenta a la inversa sólo la pueden manejar algunos privilegiados.

LA LONGEVIDAD DE PONCE EMPIEZA A SER INALCANZABLE

Por eso es curioso que este año en Madrid salieran a hombros dos jóvenes y un joven veterano. Ahora Ponce, como se lo está pasando en grande, le pone música, adornos y añadidos a algunas de sus tardes en plazas en donde los adornos son aceptados. Música, chaqués, esmoquin, orquesta o cante en directo. O de todo un poco de un torero cuya longevidad en primera fila ya empieza a ser un récord inalcanzable y todavía no sabemos cuál es su techo. Por cierto, qué poco hemos cantado a un apoderado perfecto llamado Juan Ruiz Palomares. Un hombre de Jaén, conocedor del campo, tratante en el buen sentido, manejó la carrera, los carteles, los dineros y los momentos de Ponce con tanta eficacia como discreción y honradez. Ojo a este personaje que encima, como Ponce, no tiene final y ha colocado a su hijo, que es un calco del padre. Y es curioso, a Ponce se lo entregó el abuelo Leandro a Juan Ruiz Palomares. Y Juan Ruiz entregó a su hijo a los padres de Enrique. Lo distinto es que al hijo de Juan lo enviaron a Valencia para que fuera futbolista. Y lo fue y no malo. Juvenil internacional, un tiempo en el Valencia, otro en el Castellón y final en Gandía. Y ahora con Ponce. A Ponce sólo le salió rana un mozo de espadas. Lo demás es de récord. Y no se adivina dónde está el final. ¿El secreto? Afición, mucha cabeza y mucho valor. Pero del que se tiene, no del que se presume. A este paso va a dejar a Pedro Romero en bragas. Aparte de que las cuentas de Pedro Romero no hay dónde contrastarlas en sus astronómicos y supuestos toros pasados a estoque.

HAY TOREROS QUE SE PUDREN Y OTROS SE ASOLERAN

Yo recuerdo que el maestro Chenel me decía siempre: “Si las fuerzas ayudaran, cuando empezamos a torear bien es cuando se acaba la primera juventud y toreas para el sentimiento y no solo para los contratos”. Lo que sucede, añadía el maestro, es que “hay que tener mucho valor, valor del de verdad para hacer el toreo bueno con menos facultades”. Aunque a Chenel nunca le hicieron mucha falta; pero seguro que tenía razón. Hay toreros que se pudren con los años y toreros que se “asoleran” con el paso del tiempo. Ahí está Ferrera. Ahora es un maestro con todas las virtudes de la tauromaquia eterna. Ahora es casi un torero de culto. Y algo curioso, se juntan tres para resucitar “la corrida de banderilleros” a los que el paso del tiempo también ha pulido o madurado: El Fandi, que por fin se ganó el respeto de Sevilla y de Madrid; y Padilla, que yo era hijo único felicísimo y lo tengo como “hermano”, que es otro ejemplo bestial de superación y de amor a este oficio de riesgo. Y él lo sabe en carne propia. Aquello de que “la veteranía es un grado” no siempre es verdad, pero en el toreo si no pierde fuerza el motor, si no te conformas, si sigues soñando cada día y cada noche, suele suceder que tu carrera vaya a más cuando lo normal es que vaya a menos. Son los secretos del cerebro, del corazón y de la bragueta. Ese tres en uno infalible.

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