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La crónica de José Luis Benlloch en Las Provincias

Por José Luis Benlloch
Por José Luis Benlloch

Tarde de aburrimiento, sangre y éxito

En la novillada de ayer se experimentaron todos los estados de ánimo. Se pasó de la euforia patria, no en balde estábamos en el día de la Comunidad, todos en pie, cuadrillas destocadas, fervor y respeto en la interpretación del himno, a la desolación por mor o falta de un éxito artístico que se mostraba esquivo por no decir imposible ante la deslucida novillada de Los Chospes. Los cuatro primeros, mansos y desclasados, nos espentaron al precipicio del aburrimiento si es que en los toros se puede aburrir uno, que ayer pensé que sí. Todo ello pasando por el disgusto de una cornada grave a Colombo, la impresión siempre fue de gravedad, que le atravesó el muslo, veinticinco centímetros nada menos que le dejó compuesto y sin alternativa que la tenía anunciada para mañana mismo en Zaragoza. Noticia que nos conmovió a todos. Y finalmente llegó la satisfacción, ocurrió en el quinto, que sin ser la excelencia permitió que Ángel Téllez, debutante y torero de buenas maneras, le diese la vuelta a la tarde con una faena de abundante templanza que le valió cortar una oreja y cargarse de moral para conquistarle otra al sexto que, a la postre, le permitió abrir la puerta grande y cargarse de sueños para el invierno que se avecina.

Hay que decir también que la plaza registró una buena entrada, más de media plaza con abundancia de turistas que es fuente de ingresos que nunca (¿) se explota por estos lares; que los rocines del arrastre cosecharon abundantes aplausos en su turno; que debutó como presidente Pedro Valero sin ningún tipo de complicación, bienvenido; y que Fernando Beltrán, valenciano, buen torero y abogado en ejercicio, para que digan de la preparación de la torería, se topó con un lote de imposible lucimiento. Manso y huido el primero, al que debió perseguir de oficio por los territorios de los adentros, donde más que embestir topaba queriéndose quitar de delante a Fernando y a quien le molestase. A ese le trató con exquisitas maneras, seguramente las que no merecía; que en segundo lugar despachó con aseo al novillo que causó la desgracia de Colombo y finalmente se enfrentó al que debía ser su segundo, mansote y desclasado, de ir y venir con el que volvió a mostrar su buen concepto sin que la faena llegase a cuajar. Así que, como dijo el Gallo, lo que no puede ser no puede ser y además es imposible, su ansiado triunfo tendrá que esperar.

La cornada de Colombo llegó cuando pasaba de muleta el segundo de la tarde al que había banderilleado con exposición y alarde de facultades. Pletórico de moral y sobrado de oficio, no dio importancia al toro que le atrapó en un descuido con sanguinaria certeza. Le prendió por el muslo, le suspendió en el aire y le atravesó el muslo, veinticinco centímetros como dije, con orificio de entrada y salida y el disgusto añadido de quedarse sin alternativa de momento. Le intervinieron los doctores con anestesia general y pasó al hospital Casa de la Salud.

Ángel Téllez se mostró en la línea de los buenos toreros y hay que destacarle dos cuestiones sobre todas. El sentido del temple en el quinto, al que le cortó la oreja, y el no venirse abajo pese a los derroteros que había tomado la tarde. Llevábamos cuatro toros que no habían embestido, incluido su primero, había un compañero en la enfermería y el público comenzaba a mostrar su desánimo. No le afectó, no se dejó afectar por la coyuntura, supo ver y aprovechar la buena condición de ese toro, el único que mostró cierta clase, y tiró de ambición en el sexto, al que se fue a recibir a portagayola y todo seguido le buscó las vueltas con fe cuando el de Los Chospes, que parecía lo que no fue, se vino abajo. Su salida a hombros debe ser un buen balón de oxígeno invernal.

CRÓNICA PUBLICADA EN EL DIARIO LAS PROVINCIAS EL 10/10/2017

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