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Una hostia sin h

En España se puede cerrar un aula. Una escuela. Se puede prohibir una enseñanza, una educación. En España aún no nos hemos dado cuenta de cuánto cuesta ser libre. De cuánto cuesta el derecho a ser enseñado, el acceso a la educación, la libertad de enseñanza y de cátedra. En España, la nueva política, muy a modo de una sociedad enmariguanada de incultura e insensatez, olvida pronto el coste que los españoles hemos pagado por nuestras libertades.

Este país es ya una caricatura de país, toda vez que en la Universidad de Salamanca, no hace tanto, un rector suspendió un aula de Tauromaquia ante el “acoso” casi infantil de una pequeña banda. España. El rector cobarde. La sociedad. Los medios. Los políticos, o se olvidaron de que en esas mismas aulas, en la Sala Unamuno, éste, en su día rector, fue perseguido. Suspendido. Se olvidó la gente de repente de qué es y qué costosa es la libertad de enseñanza y de cátedra.

Ahora. Una ex juez. Una señoría que dice abanderar convivencia y tolerancia, respeto y libertad, cierra una Escuela. La de Tauromaquia de El Batán. Y no pasa nada porque esta sociedad, sus medios y sus políticos ya nos han calificado para siempre como un rastro de bárbaros que no tenemos derecho a los derechos de los españoles. Es ya una constante. No tenemos esos derechos.

Pero lo triste, como español y como ciudadano, es que la sociedad ve estos actos como algo lejano y casi lógico que le suceden “a esos de la Tauromaquia”. Ni es así ni es tan liviano. No es así porque las prohibiciones de libertad de enseñar son el logro más elevado de una sociedad. No es así porque no se trata del contenido de la enseñanza sino de la enseñanza en sí y del derecho a expresarla y compartirla. No es así porque la pluralidad de ideas y sensibilidades es el objetivo a cumplir por la democracia. No es así porque la democracia es justamente abrir todo tipo de escuelas y cátedras en lugar de prohibirlas.

Pero vivimos ya tiempos de sociedades dormidas por la incultura, aborregadas y dóciles, sociedades fáciles de ser robadas, expoliadas, humilladas, alienadas, sin que haya un mínimo gesto de rebeldía. Vivimos en el mundo español de una sola idea, una sola bondad, una sola sensibilidad, una sola ideología... la del populismo más descerebrado, oculto entre la mediocridad del español medio y liderado por la neurona estrecha y contaminada de mierda ideológica, caso de la señora Carmena. Una fascista oculta tras un rostro que quiere expresar una bondad y un talante que no tiene. La edad le dio la máscara perfecta para su mascarada. Pero nadie alzará la voz.

Porque somos los de los toros. Somos los parias. Los que no tenemos derechos, los que no tenemos voz. Los insultados. Los odiados. Los prohibidos. Somos los que no somos ciudadanos con los mismos derechos y, además, nos faltan cojones para que nos los devuelvan. Somos los que, quizá aún, les quede el recurso de una gloriosa hostia. Palabra que siempre escribo con “h” muda, pero que suele sonar como una ostia en toda regla. Y, sinceramente, que a estas alturas alguien me llame violento por pensar así es un halago. Un manojo de deportivas y dialécticas hostias encima de un ring disminuye los efectos perniciosos de la estupidez mental. Además de lograr matizar la ira bárbara de la incultura.