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La página de Manolo Molés

A cielo abierto

Les llamaban caballeros rejoneadores y a Ángel Peralta el adjetivo le iba como un guante. No era un señorito, ni mucho menos. Era un hombre de campo importante, con dos amores muy claros: el caballo y el toro o el toro y el caballo. Creo que lo primero. Fue, sobre todo, un innovador, un creador. En la vida, en el pensamiento, en el amor, en el toreo; y un intelectual de un nivel importante. Ahí están sus libros, sus pensamientos. Amó la Fiesta, el toro, el caballo, a los amigos, a las mujeres… y no se bajó de su enorme actividad hasta los 93 años y al final de sus fuerzas. Daba gusto hablar con él; y Lea Vicens fue su último soplo de ilusión y su último alumno aventajado. Era perfecta para Ángel: una mujer figura de su propia pasión por ese maridaje de toro y caballo. Marcó una época y el futuro del rejoneo, y con su hermano Rafael, con Lupi y con Alvarito pusieron el rejoneo a alto nivel popular. Titulé una crónica del cuarteto como “Los cuatro jinetes del apoteosis”. No del Apocalipsis. Y don Ángel se llevó mi titular para anunciarse así en los carteles. Curó caballos, salvó la vida a Jaime Ostos en la brutal cornada de Tarazona cuando ya casi el maestro astigitano estaba en el otro barrio. Tengo todos sus libros dedicados. Uno de ellos finaliza en la página 251 con este breve y revelador poema. Lo titula “Esperando” y dice así:

Esperando, a mí me han dicho los sueños
La muerte es como una criba
El cuerpo se queda abajo
Y el alma vuela hacia arriba

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