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Las verdades del Barquero

El laberinto de San Isidro

Una tercera parte de las ganaderías anunciada en la feria están adscritas a los denominados encastes minoritarios. La etiqueta no cuadra con hierros del crédito de los de Miura, Victorino, La Quinta o Adolfo Martín. Pero se entiende su sentido: no es Domecq, sino otra cosa. Octavio Chacón se convirtió en el torero de la feria solo por su magistral manera de lidiar un toro de Saltillo.
Casi escondido en el laberinto de San Isidro, entre el 3 y el 5 de junio, se hallaba concentrado el gran triduo torista del abono: las corridas de Miura, Saltillo y José Escolar. De una sola tacada. Las otras tres de la digamos semana del toro aparte -la mixta de buendías de Rehuelga/Pallarés y las dos de Adolfo y Victorino Martín- se vieron interrumpidas por la última de rejones del abono.

La corrida de Dolores Aguirre quedó aislada en el tercer domingo de feria. La de La Quinta, la primera del abono, se jugó justo un mes antes de caer el telón y, a la hora de los recuentos, estaba en el olvido a pesar de la categoría o estilo de dos y hasta tres toros de aquel envío. Esos eran los ocho platos toristas del menú. La lluvia se llevó por delante la de pablorromeros de Partido de Resina, anunciada al día siguiente de la de Dolores.

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