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FERIA VIRGEN DE LA VEGA

La Glorieta, 125 años de historia

El coso salmantino cumple este martes 125 años de vida desde que lo inauguraran en 1893 Luis Mazzantini y Rafael Bejarano "Torerito" con un encierro de Eloy Lamamié de Clairac

martes 11 de septiembre de 2018, 11:00h

Este martes, 11 de septiembre, se cumplen ciento veinticinco años de la inauguración del coso de la Glorieta de Salamanca. Fue en 1893 cuando Luis Mazzantini y Rafael Bejarano “Torerito” estrenaron la plaza dando muerte a un encierro de Eloy Lamamié de Clairac. Guerrita figuraba anunciado junto al “señorito loco” -como muchos apodaron al guipuzcoano de Elgóibar- pero un inoportuno percance sufrido días antes en Murcia frustró la cita.

La prensa de la época decía del nuevo coso: “Consta de piso bajo, principal y segundo, siendo el conjunto del edificio de una perspectiva agradable y elegante”

El capital con el que se levantó el recinto lo aportaron cerca de doscientas familias, fruto del cooperativismo local: “No se trata de una Empresa formada por banqueros ni capitalistas; los fondos empleados en esta obra, tienen origen modesto: como que proceden de gran parte del vecindario, sin distinción de jerarquías ni clases sociales”, matizaba el semanario La Lidia en una información previa al estreno del inmueble. “Comerciantes, industriales, propietarios, en número que excede de 200 -213, para ser exactos-, constituidos en Sociedad anónima “La constructora de nueva Plaza de Toros”, y con acciones de 500 pesetas, reunirán el capital necesario para esta patriótica empresa, sin que ninguno haya aportado cantidad superior a 20.000 pesetas, siendo la mayoría de los accionistas representantes de una, dos, tres o cuatro acciones”. El proyecto había sido autorizado por el ingeniero y arquitecto Mariano Carderera, participando activamente en el estudio y redacción del mismo el ingeniero jefe de Caminos Gumersindo Canals. La dirección de las obras -cuyo coste ascendió a 452.193 pesetas- corrió a cargo de Cecilio González Domingo.

“Hállase emplazado el edificio a 500 metros de la población, entre dos carreteras que se bifurcan en el antiguo paseo de la glorieta, teniendo, por lo tanto, el Circo, fácil acceso para personas y para carruajes”, informaba La Lidia, que cifraba en 10.858 espectadores la capacidad del recinto. “La explotación de la Plaza se ha proyectado este año, y creemos que en lo sucesivo se hará lo propio, sin idea alguna de lucro, por ser empresarios los mismos accionistas, y no tener otra aspiración que la de invertir el ingreso de las entradas en la mayor brillantez de las corridas”, ahondaba el citado medio sobre las pretensiones iniciales.

Acerca de la plaza, la propia Lidia detallaba: “Sólida y elegante construcción, luce en sus muros el hierro, la piedra y el ladrillo, que prestan al conjunto un sello de viveza y alegría, en relación perfecta con el bullicioso y ameno espectáculo a que se consagra”. Otro medio taurino de máxima reputación en la época, El Toreo, publicó sobre el nuevo coso: “Consta de piso bajo, principal y segundo, siendo el conjunto del edificio de una perspectiva agradable y elegante (…) Todas las dependencias de la plaza, sin excepción, reúnen, a la vez que el gusto más refinado, las condiciones más apetecibles para el objeto a que han sido destinadas”.

CICLO INAUGURAL

Apenas quince meses bastaron para erigir el coso. La feria del estreno tuvo lugar los días 11, 12 y 13 de septiembre*. Junto a las reses de Clairac, contratadas “con ánimo de estimular la afición respecto a la cría de reses vacunas bravas” pues el ganadero era vecino de la localidad charra de Muchachos, saltó ganado de Manuel Bañuelos, el día 12, y del Duque de Veragua, el 13. Mazzantini mató las tres corridas y Guerrita, convaleciente, “envió a su primo el Torerito para las dos primeras corridas, y a éste y al Jarana para la tercera”, contó El Tío Capa en La Lidia, quien en su crónica de la jornada inaugural relataba: “El aspecto de la artística y monumental ciudad era por todo extremo sorprendente; tal era el gentío que por todas partes pululaba; no había hotel, fonda ni casa de huéspedes en que pudiese alojarse nadie. Los simpáticos accionistas de la Plaza de Toros, que puede figurar como modelo de las más bonitas de España, se multiplicaban por cumplir cada cual su cometido; los unos recibían a los espadas en la estación; otros se ocupaban del encierro y apartado de los toros; hubo quienes cuidaban del buen orden de la venta de billetes, que se encontraban poco menos que a tiros, y los más pacíficos rogaban a Dios que no lloviese para que no se desluciera un espectáculo tan hermoso como el que se presumía con razón que había de presenciarse”, seguía el texto, que al hilo, añadía: “Así fue, en efecto; el golpe de vista que desde más de dos horas antes presentaba la calle de Zamora, no es para descrito; una oleada humana, pasaba y pasaba con dirección al nuevo Circo, llamando especialmente la atención la vistosidad de los trajes de las charras, las formas hercúleas de los salmantinos, y la múltiple variedad de tipos de segovianos, zamoranos y de tierra de Castilla, que habían concurrido a las fiestas”.

Quince meses bastaron para erigir el edificio, inaugurado en medio de una gran expectación: “No había hotel, fonda ni casa de huéspedes en que pudiese alojarse nadie”

El mismo revistero, en La Correspondencia de España, escribía: “La inauguración de la nueva plaza de Toros ha resultado brillantísima. El lleno ha sido completo. Puede decirse que estaba en la plaza medio Portugal. El golpe de vista resultaba sorprendente”. Y es que, en aquellas jornadas, llegaban a diario un par de trenes del país vecino. “Se calcula que han llegado a la población más de 2.000 portugueses”, afirmaban otros medios.

La lluvia hizo acto de presencia en la fecha inaugural, en la que se acabó el billetaje y se concedió el primer trofeo de la historia de la Glorieta. Lo paseó Torerito, quien, a juzgar por el corresponsal del diario La Atalaya, “estuvo en el cuarto toro superior, dándosele la oreja del bicho entre el entusiasmo del público”. “Por la brevedad y precisión que empleó en su trabajo -ponderó el crítico de El Toreo-, el público pedía la oreja del difunto, que le fue concedida por la presidencia, recogiendo a más de esto cigarros, sombreros y prendas de vestir que le arrojaron, que devolvió, por supuesto, menos los cigarros”.

Los toros de aquel histórico festejo atendieron por Ranchero -que abrió plaza-, Castañuelo, Garabato, Corchete, Bandolero y Artillero, todos con divisa verde y blanca. De la lidia de Ranchero contó el periódico El Liberal: “Tomó cinco varas del Sastre y el Chato, a cambio de dos defunciones. Molina y Galea prendieron tres buenos pares, y Mazzantini, después de dos pases naturales y un pinchazo en hueso y de sufrir una colada, remató la faena con media superior”. Mazzantini vistió un terno “azul gendarme y oro” con cabos negros; y Torerito, otro verde mar y oro. Ambos actuaron juntos al día siguiente, banderilleando -“admirablemente”, según La Correspondencia- al toro sexto. En esa segunda jornada, Mazzantini mejoró la gris imagen de la víspera y Torerito, “muy trabajador, y hecho un maestro en su último toro”, según La Atalaya, volvió a ser premiado con una oreja. La feria concluyó con veraguas y buenas actuaciones de Mazzantini, “superior en quites y en la muerte de sus toros”, Torerito y Antonio Arana “Jarana”, que también se llevó la oreja de un astado. Mazzantini, publicó La Lidia, dejó “dos volapiés netos, de aquellos que le hicieron adquirir tanta nombradía”, coronando así la feria “más lucida desde hace muchos años”, aseguraba La Correspondencia.

PRESIDENTE FULMINADO

La presidencia de las corridas de 1893 fue encomendada al alcalde de la ciudad, Francisco Girón Severini, “muy deficiente las tres tardes, especialmente en la última en que ocurrió un caso que merece ser conocido”, apuntaba El Tío Capa en La Lidia. El mismo revistero, en La Correspondencia, relataba: “Al mandar banderillas al quinto toro” -pareaban Antonio Guerra y Mojino- “se armó una bronca monumental, pidiendo el público que siguiera la suerte de varas. Enmedio de la horrorosa silva [sic] a la presidencia, y de una copiosa lluvia de botellas, piedras y fruta, se le pusieron al toro dos medios pares; y cuando el Torerito se disponía a dar muerte a la res, el gobernador hizo levantarse de la silla al presidente, ocupándola él y mandando volver a salir los picadores. El público, ante la desautorización del presidente, prorrumpió en aplausos al gobernador, y todo, como es natural, quedó en calma. Después de ponerle al toro una vara, el Torerito le dio muerte de una buena estocada. El caso nuevo de picar un toro después de banderillearlo, ha sido muy comentado”. En La Lidia, añadía: “A estas horas habrá presentado” -el señor Girón- “la dimisión en vista del desaire que con él se hizo ante 12.000 almas”.

Ranchero, de Clairac, fue el primer toro en saltar al ruedo. Se acabó el billetaje a pesar de la lluvia y Torerito, que sustituyó a Guerrita, paseó el primer trofeo de la historia de la plaza

En torno al curioso episodio, el corresponsal de El Imparcial detallaba: “Cuando estaba el toro creciéndose al hierro, interrumpió el presidente con inoportunidad la suerte, mandando tocar a banderillas. El escándalo fue colosal; gritos, protestas, botellazos, hubo de todo cuanto el interesante argumento de estos desahogos requiere. Los banderilleros cumplieron como pudieron entre el diluvio de proyectiles que se venía sobre ellos y el matador dio un pinchazo. Pero no fue posible continuar. La “bronca” era cada vez más imponente y las cuadrillas se retiraron al estribo. En esta situación, el gobernador lanzó de la presidencia al alcalde, siendo muy aplaudida por el pueblo soberano esta determinación que conjuró el conflicto. El alcalde fue despedido con una estrepitosa silba”.

LA FERIA, UN ESPECTÁCULO

El periódico El Día decía sobre la feria salmantina: “Lleva siempre mucha gente, y este año más por la inauguración de la plaza nueva de toros, verdadera preciosidad en su género y quizá la mejor, o por lo menos la más bonita, que hoy existe en las capitales de provincia. El paseo por la Plaza Mayor, la feria de ganados en el Teso, los teatros, los cafés, los fuegos artificiales, los concursos de músicas, los conciertos, todo ha tenido público abundante de gentes de la capital y de la provincia, y sobre todo de Portugal. Y el aluvión ha sido mayor que en parte alguna en la plaza de toros, llena con colmo las tres tardes de corrida”.

Según el cronista, “lo más bonito, lo más nuevo y característico es la feria de ganados. Concurren a ella infinidad de jinetes, y como en Salamanca hay muy buenos caballos e inmejorables caballistas, es cosa digna de verse el desfile de charros, llevando y moviendo sus hermosas cabalgaduras como consumados profesores de equitación”. Asimismo, profetizaba: “Como en el programa de las fiestas hay de todo y para todos los gustos, es indudable que cuando la población pueda hospedar medianamente siquiera a los forasteros, y cuando éstos, al terminarse el ferro-carril [sic] trasversal, acudan en mayor número que ahora, las ferias salmantinas de Setiembre competirán, y aun vencerán, a las de otras poblaciones que les llevaron siempre delantera”.

LUJOSOS OBSEQUIOS

Las crónicas dieron cuenta de valiosos presentes entregados a los toreros. “Mazzantini fue obsequiado por el ganadero Sr. Clairac con una riquísima botonadura de brillantes y filigrana de oro, de tanto gusto como valor, en recuerdo de la inauguración de la Plaza de Toros”; mientras que Torerito recibió “una preciosa leontina de oro y brillantes” tras brindar el último día de feria a la “distinguida” señorita Elisa Jiménez.

RUMBO AL SORTEO

El periódico El Día alertaba: “Mazzantini ha cargado en Salamanca, como le ocurre en todas las plazas, con los toros más grandes, de más cuerna y menos bravos. Ya no puede atribuirse esto a la casualidad, pues en las corridas de Salamanca, que debió torear con Guerra, se ha visto claro que los toros venían expresamente colocados, los grandes para Luis, los pequeños para Guerrita, dándose el caso, con la corrida de Bañuelos, de que habiendo notoria diferencia de tamaño entre tres de los seis toros, comparados con los otros tres, no se ha repartido el peso, como debía hacerse, sino que los tres elefantes se encerraron para el primer espada, y “todo el alivio” para el segundo. Mal hará Luis Mazzantini en seguir tolerando estos abusos”… El propio Mazzantini, pocos años después, comenzaría a poner fin a esos excesos exigiendo el sorteo de las reses. El primero tuvo lugar en San Sebastián, el 15 de agosto de 1896.

FALTÓ EL GUERRA

Luis Mazzantini y Rafael Guerra “Guerrita” fueron los espadas contratados para las tres corridas de la feria inaugural -abajo, a la izquierda, retratados ambos en La Lidia-. Sin embargo, un percance sufrido en Murcia impidió tomar parte al Guerra, que fue sustituido por Torerito, que actuó los tres días, y también por Jarana en el último festejo del abono.

*Como apéndice a las tres corridas de la feria inaugural, el 21 de septiembre de 1893, festividad de San Mateo, también hubo toros en la Glorieta, con la participación de los espadas Pepete y Pepe-Hillo.

Fotos: ARCHIVO