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La página de Manolo Molés

Abriendo barreras

El mundo del toro, en el que casi todo es suerte y se denominan suertes, estaba necesitado de romper las cadenas del vicio de la eterna repetición y la eterna división. Que nunca fue así, al menos tan así. Figuras con figuras, aspirantes con aspirantes, ricos con ricos y pobres con pobres (es un decir, para que se entienda fácil). Eran dos mundos los que se habían creado. Demasiado claros y demasiado distantes el uno del otro. Y eso cansó y quitó gente. ¿Qué quería el aficionado? Pues lo lógico: ver al Real Madrid con el Barça pero también con el Leganés, el Huesca, etc. Y eso no pasaba. Había dos mundos muy diferenciados. Y seis ganaderías siempre para los mismos. Y entonces faltaba rivalidad entre los de arriba y los de abajo, resultaba reiterativo y había que buscar alicientes. El apunte del bombo despertó a la afición porque abandonaba la rutina. Es verdad que solo Talavante se apuntó al sorteo pero que cuatro ganaderías de las que matan a diario las figuras (alguna no tanto) caían también en toreros que normalmente matan el toro montaraz. Y la gente vio un rayo de sol de novedad, futuro y apertura; y la suerte ya no se decidía por los interesados sino por la fortuna del sorteo. Quien no crea en lo que digo, quien piense que esto es una chorrada, que medite en la dura y clara realidad que nunca fue tan cierta como ahora: “La Feria de Otoño, aparentemente más modesta, de largo, que el gran San Isidro, con solo remover la suerte y sortearla, ha aumentado el número de abonos por encima de la isidrada”. Este es el mayor argumento real y contrastado del éxito de sortear la suerte en lo único a lo que le quedaba por decidir la diosa fortuna.

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