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Ferrera, con un adolfo este jueves en Zaragoza.
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Ferrera, con un adolfo este jueves en Zaragoza. (Foto: Coso de la Misericordia)

Al pan, pan y al vino, vino

Me pasa con la Fiesta de los Toros como al del chascarrillo que decía que del cerdo le gustaban hasta los andares. Pero me irritan también algunas cosas. Por ejemplo que el toreo esté sufriendo esta plaga de “usías” que no llegan ni a “usiítas”, porque se apoltronan en el palco y se creen los protagonistas de la tarde, pasándose por el forro la opinión del público, que en absoluta mayoría solicita que la faena de un torero sea premiada con trofeos. El presidente está obligado a conceder la primera oreja cuando la petición es clamorosa, como ha ocurrido hoy en Zaragoza en el cuarto toro, con el que Antonio Ferrera ha estado soberbio de genialidad y torería, hasta el punto que tal parecía que cuando Lorca y Alberti sacaban a relucir en sus poemas aquello de “la gracia toreadora”, estaban pensando en el torero extremeño.

Me irrita también que los aficionados nos pasemos la vida lamentando que las figuras no se apunten a las corridas duras y difíciles y que cuando, como hoy Miguel Ángel Perera, lo hacen, los midan con el mismo rasero que si estuvieran delante de ese toro bonito, bien hecho y colaborador con el que habitualmente se anuncian, porque el que puede, puede y cartuchera al cañón. Al fin y al cabo no se sabe de ningún torero que esté en la cumbre del toreo sin merecérselo. Si lo hubiera se sabría. Y me irrita aún más porque, con esa actitud, lo único que van a conseguir los que son incapaces de comprender que cada toro tiene su lidia y que lo que no puede ser no puede ser y además es imposible, es que los cinco o seis que evitan que las taquillas críen telarañas, no se muevan de los cuatro o cinco hierros con los que construyen sus temporadas.

Desde que el toreo existe, los toreros que han arrastrado público a las plazas han seleccionado las ganaderías con las que mejor se entendían. Niccolò Paganini no utilizaba para sus conciertos un violín fabricado por el carpintero de su pueblo, sino un Stradivarius. Y los grandes pintores, cuando logran salir de la bohemia de sus comienzos, pintan con los mejores pinceles, con las pinturas de mayor garantía y en las mejores telas. Sencillamente, porque la mejor sinfonía suena con más pureza en los mejores instrumentos, y de dos pinturas igualmente buenas, es mejor la que está realizada con materiales de mayor calidad.