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La revolera

Poderoso caballero...
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Poderoso caballero...

“Poderoso caballero es don dinero”, dice el viejo refrán popular. Y eso sí que refleja una verdad como un templo. Aquí ningún torero ha abierto la boca, sobre el imaginativo “bombo” de Casas en la Feria de Otoño de Madrid, hasta que se ha hecho público el “caché” de las grandes figuras. Porque las migajas que se llevan la inmensa mayoría de los que se la juegan una tarde tras otra con los hierros que los ricos del escalafón no quieren ver ni en fotografía, son más que conocidas.

La Fiesta adolece de una falta de ajuste económico que da como resultado unos toreros “vomitivamente ricos” y otros a los que apenas les queda para pasar el invierno. Es el eterno problema sobre la injustica social que significa que unos tengan tanto y otros tan poco. ¿Y todavía son capaces de levantar la voz los privilegiados, mientras las víctimas de esa situación inclinan la cerviz? “That is the question”, esta es la cuestión que decía Hamlet ante la situación de Dinamarca. Todo lo malo que a través de la Historia ha afectado a la humanidad tiene su origen en las desigualdades irritantes. Una vez más, la injusticia distributiva ha asomado la oreja y en esta ocasión tiene como protagonista la economía del toreo, que hace cada vez más ricos a un pequeño grupo de privilegiados mientras la pobreza atenaza a la mayoría.

El toreo como negocio tiene su auténtica espada de Damocles en esa realidad. Y o se resuelve esa situación o el toreo se va al carajo. Porque, que les quede claro a los “ricos”: o se articula el negocio de tal manera que sus beneficios se repartan justamente entre todos los que se visten de luces o esto explota como un globo aerostático en contacto con el fuego. Es cierto que deben cobrar más los que acercan más público que paga a las taquillas, pero ¿alguien cree de verdad que la diferencia entre unos y otros es tan abismal como para que haya quienes devengan 240.000 euros en las plazas de primera, como Madrid, mientras otros, por jugarse la vida con lo que no quieren ni oler estos afortunados, cobren los mínimos que a veces no llegan ni a 15.000 euros? Cantidades que una vez pagada la cuadrilla, el hotel, los viajes y todos los gastos que conllevan jugarse el físico con dos toros, auténticos elefantes con más cuernos que un ciervo, vuelven a casa llevando en el bolsillo cuatro cuartos que apenas le bastan para cenar, de camino, una tortilla francesa y un café con leche.

Y no hemos hablado de los subalternos y sus sueldos, pero, la mayoría de ellos, gastados los años de su juventud, cuando las piernas ya no dan para más, se retiran y se tienen que poner a trabajar donde pueden por un sueldo de supervivencia. ¿Es eso justicia social? Vistas así las cosas, el rincón más injusto que queda en España, en cuanto al trato a los trabajadores, es el del toreo. Y hay necios que todavía combaten la tauromaquia porque les parece un juego de ricos, sin darse cuenta de que en la Fiesta de los Toros se producen las mismas repugnantes desigualdades que en cualquier otro sector del mundo del trabajo.

Tiene toda la razón Simón Casas: “la economía del toreo es insostenible”. Pero no por culpa de las empresas, ni de los aficionados, ni de los ganaderos, ni de la inmensa mayoría de los toreros, sino por una minoría que ejerce una especie de satrapía económica a la que solo de pensar en renunciar les dan temblores. Pero insistan en “sostenella y no enmendalla” y ya verán, ya verán cómo el día menos pensado se produce la rebelión de los gladiadores y saltará todo por los aires. Entonces echarán todas las culpas a los enemigos del toreo, cuando la realidad es que si la Fiesta tiene enemigos, los más dañinos para su futuro son esa minoría de toreros insultantemente ricos. Y egoístas e insolidarios, además…