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La Revolera

¿Qué sabes de Moratalla, José Luis?
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¿Qué sabes de Moratalla, José Luis?

Es triste la hora de las alabanzas. Por muy merecidas que sean tienen algo más amargo que la tuera. Lo escribió Gustavo Adolfo Bécquer, el poeta romántico por antonomasia: “Dios mío, que solos se quedan los muertos”. Pero no es cierto, porque los que nos vamos quedando cada día más solos somos los que aún parpadeamos. Cuando uno echa la vista atrás y comienza a hacer el recuento de los amigos con los que ya no se encontrará jamás, porque, ¿quién sabe quién?, se los ha llevado ya al país de irás y no volverás, siente uno como si estuviera en el epicentro de un torbellino, al salir del cual surge la gran pregunta: "¿por qué y para qué?”...

Desde muy joven, ante la idea de la muerte me refugié en la convicción interior de que morir era como no haber nacido. Pero eso no es cierto, porque todos dejamos algo de nosotros mismos en los demás. Si tuviéramos más conciencia de esa realidad seríamos mejores. Enrique Moratalla Barba se ha muerto, bueno, tampoco eso es completamente cierto, porque nadie “se” muere; el morir como el nacer son dos putadas que a uno le hacen sin su permiso. En las dos cosas más importantes del ser humano, él no tiene nada que ver. Nacemos y morimos por una voluntad muy superior a nosotros.

Pero la verdad escueta e incontrovertible es que Enrique Moratalla ya no está entre nosotros. Ya no tendré que preguntarle de vez en cuando a Benlloch: “¿Qué sabes de Moratalla, José Luis?” Porque Enrique aparecía y desaparecía como el Guadiana y a veces estábamos grandes temporadas sin saber nada de él como si se lo hubiera tragado la tierra. Por eso, y porque era un tipo genial y distinto que se hacía querer, prefiero no rendirme a la idea de que esta no sea una desaparición más de las suyas, y así podré continuar preguntándole a uno de sus amigos de verdad, que sigue aquí y Dios quiera que escriba mi epitafio dentro de treinta o cuarenta años: “¿Qué sabes de Moratalla, José Luis?”.