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La página de Manolo Molés

Los secretos de Chenel

Siempre he dicho que en mi mesilla de noche tengo a tres San Antonio del toreo: Bienvenida, Ordóñez y Chenel. Coincidencia o no, fueron tres toreros que marcaron mis gustos por la tauromaquia. Sin olvidar que existían toreros con tanta personalidad como Camino, El Viti, Puerta, Mondeño, El Cordobés, etc., y el maltratado y olvidado sin razón cabal alguna llamado don Rafael Ortega, el más puro y más orillado de los maestros inmaculados.

Con Antoñete me pasó algo curioso, entre tantas cosas vividas junto al maestro y amigo. Una de ellas sucedió en Jaén. Alternando con Curro Romero, y faltaba Paula para que el cartel hubiera sido redondo, como lo fue aquella tarde en Antequera, inolvidable para quien lo disfrutó. Chenel había estado demasiado breve con su primero. No le vio faena y para no perder tiempo entró a matar rapidito. Sonó la bronca. La tarde amenazaba tormenta en los tendidos. Me atreví a decirle: “Chenel, que la gente está cabreada y con razón”. Ni me respondió Antonio. Pero se quedó con la copla y salió un toro de Victoriano del Río, bravo y bueno de verdad, y puso Chenel la plaza boca abajo. No se había olvidado de torear, ni mucho menos, pero es que con la mano izquierda y al natural, el toreo fue tan limpio y tan rematado que ese mínimo pespunte que va del natural rematado al inicio del pase de pecho, ahí no había ni un segundo que descosiera la ligazón. Nunca vi algo igual. Hasta que tiempo después, revisando una película de Rafael Ortega, se aclaraba el misterio. Chenel había calcado a Rafael. Y un día se lo dije a Antonio.

- Ya sé cuál es su espejo, maestro.

- ¿Mi espejo?

- He estado comparando imágenes, en principio son muy diferentes. Rafael es más gordito y calvo, usted es más alto y con mechón, pero joder Chenel, lo ha calcado en muchas cosas…

Y el maestro sonrió y acabó confesando algo que nunca olvidaré:

- Rafael era seguramente el más puro de su tiempo, joder, y lo dejaron ahí injustamente alabado solo como el mejor matador. Y era muy bueno y perfecto con la espada, pero fue muy grande toreando; y el más puro y el más de verdad; pero eso lo taparon y le tuvieron como segundón pero fue mi espejo, sí. Nunca fui capaz de matar tan bien como él, pero toreando sí bebí mucho de su pureza.

CHENEL VIO LA PUREZA EN RAFAEL ORTEGA Y LA CALIDAD EN FERRERA

Creo que esto había que contarlo algún día. Y lo hice y lo repito. Como también algo que sucedió tras una tarde, en sus inicios, de Antonio Ferrera en Bayona. Eran años de aquel premio “Madrid-Biarritz” en el que se invitaba a un puñado de figuras como Antonio Ordóñez, Gregorio Sánchez, Antoñete, etc. Ambiente, lujo, famosos, etc. Ferrera, que empezaba como matador, tuvo un buen triunfo. Y todo fenomenal. En El Gran Hotel de Biarritz todos los maestros le dieron la enhorabuena: “Bien, chaval”, “tú tienes valor”, “hay que seguir arreando”, etc. Chenel, que estaba fumando donde no debía y escuchando los consejos, tiró el cigarro y se acercó a Antonio: “Ya te han dicho muchas cosas, yo solo te digo que tú tienes algo diferente, que cuides ese gusto, esa torería y que tengas suerte”.

En el Gran Hotel de Biarritz todos los maestros dieron la enhorabuena a Ferrera. Chenel, que estaba fumando donde no debía, tiró el cigarro y se acercó a Antonio: “Ya te han dicho muchas cosas, yo solo te digo que tú tienes algo diferente, que cuides ese gusto, esa torería y que tengas suerte”

Chenel vio la pureza en Rafael Ortega. Y el futuro de calidad en Antonio Ferrera. En ambas cosas acertó. Y tantos años después, hace una semana, Juan Antonio Hernández, muy buen periodista, me envió un mensaje desde México que empezaba así: “Manolo. Te cuento que anoche he vivido una de las faenas más emotivas de mi vida. Fue en Tlaxcala. Ferrera se recreó con un toro hasta las lágrimas. Fue algo inolvidable, descomunal, Manolo. Una faena que no quiero contarla, quiero guardarla”. Otra vez Chenel tenía razón. Pregunten a Ferrera. Enamoró a la afición de México con una faena de seda, inolvidable, y a muchos aficionados, entre ellos Juan Antonio Hernández, se mecían entre la gloria y el milagro. Lo repitió en Lima, en ese Acho con sabor maestrante y sevillano, otra vez Ferrera soñó y acunó el toreo. Chenel lo predijo cuando muchos nos atrevimos a llamar a Ferrera: Ferrari. Era, claro, su época de novillero.

DE LOS CINCO LANCES DE GLORIA PARA ENTRAR EN MADRID A SOLO UNO

Chenel volvió a Madrid tras varios años tomando el sol en Venezuela. El día del retorno no le hicieron, con razón, ni puñetero caso. Tuvo que ser algo inolvidable para que Antonio reinara de nuevo en su casa, o sea, en Las Ventas. Un toro mansísimo, condenado a banderillas negras para Julio Robles. A Chenel en el tercio de banderillas le tocaba cortar en los medios. Parecía que se lo iba a comer. Antonio me dijo que miró atrás y la barrera estaba demasiado lejos. Entonces decidió esperar al manso, bajarle el capote, llevarlo largo y cosido y acabó pegándole cinco lances de gloria que le valieron para entrar de nuevo en su Madrid.

Poco después, de nuevo alternando con Julio, este le pidió que no hiciera quites tan largos. Chenel le respondió: “De acuerdo, solo le daré uno si hago el quite”. Ese uno es esa media brutal, arrematada, dándole al toro la ventaja de los adentros y creando esa estampa que ya está en la galería de los grandes momentos. “Solo uno” pero para que la gente saliera de la plaza toreando y guardando aquella foto de Leo, de Cuevas, de tantos buenos fotógrafos que han hecho la historia de la Fiesta. Un día le dije:

- Chenel, usted ve el toro muy rápido…

- Es que ese es el único secreto para torear bien. Y para andar por el ruedo y por la vida. Saber lo que te pide y te niega el toro. Todos los toros te piden y te niegan lo que debes hacer y lo que nunca debes hacer. Así es el toreo. Y la vida.