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ENCUENTROS CON JOSÉ LUIS BENLLOCH

Félix Rodríguez: gloria caída
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Félix Rodríguez: gloria caída

Este año se cumple el septuagésimo quinto aniversario de la muerte de Félix Rodríguez, un torero adelantado a su tiempo

miércoles 26 de diciembre de 2018, 22:00h

Este es un Encuentro onírico con quien fue mi ídolo desde muy joven. Se lo debía -o, mejor, me lo debía- esta temporada en la que se cumplen 75 años de su muerte sin que nadie le recordase. Es Félix Rodríguez. Un valenciano nacido en Santander por razones de trabajo paterno, un cántabro, no se enfade nadie, que vivió y creció en Valencia desde los primeros meses de vida por las mismas razones. Él fue el modelo de torero romántico llevado al extremo. Naturalmente no le conocí, ya me hubiese gustado, pero supe de sus hazañas por la tradición oral que corría de boca en boca entre los toreros y aficionados de mi Valencia que solían presumir de haberle disfrutado. Te hablaban de las espadas de Félix, del quite de Félix, de las timbas de Félix, de la casa solariega que compró en Valencia, de sus amoríos, de su final dramático, de la competencia con Ortega, con Barrera, con Armillita, con Marcial... Me cautivaban sus hazañas, también sus locuras que contaban quienes le conocieron, incluidos los toreros que llegaron a alternar con él, a los que siempre que tuve ocasión les requería para que me añadiesen vivencias y detalles hasta que logré reunir información y adhesiones como para escribir un librito sobre él, nada para lo que merecía.

Fue un clásico, un rebelde, un osado, un transgresor, un seductor, un valiente, un equivocado, un torerazo en el sentido más largo e intenso del término, lo que le conectaba con José pero también con Juan, una confluencia artística, un punto de encuentro, en realidad fue un adelantado a su tiempo, basta con ver las fotos de sus tardes buenas, el atalonamiento frente al toreo de puntillas que tanto se llevaba, el medio pecho, la altura de los engaños y el regusto que se desprendía de sus formas para comprobarlo. Lo tuvo todo y lo malgastó todo, prestigio, fortuna, relaciones y hasta su propia vida. No fue un Juncal, quite usted, él fue figura máxima en su tiempo, fue en todo caso el ejemplo extremo de lo que se entiende por un juguete roto. Para él el toreo fue grandeza y la sorbió con exagerada fruición, sin límite. Muy pronto, cuando se instaló en las alturas, una maldita enfermedad se lo llevó por delante en la plenitud de su vida. Es a lo único que llegó tarde (habría que decir pronto); poco tiempo después con la aparición de la penicilina hubiesen bastado unas inyecciones para haber borrado aquella maldita infección que corroía sus articulaciones. La sociedad de entonces, pacata y estrecha, le quiso olvidar cuanto antes, unos por interés, otros por resentimiento, otros por su pobreza de espíritu, por la incomodidad que generaba en la plaza y en la calle… pero los aficionados, especialmente los de Valencia, siguieron contando las cosas de Félix.

Por todo ello, antes de que acabe el año quería dedicarle un Encuentro, poner negro sobre blanco en las redes y en el papel mi admiración pero sobre todo la de tantos y tantos otros que vivieron su leyenda. Ahora que tanta falta nos hacen los grandes toreros, gente con personalidad y carácter, había que rescatar el recuerdo de Félix para que los jóvenes sepan de él, para que tomen nota de lo que hay que hacer y también de lo que no hay que hacer.

De la biografía que le escribí para la colección de “Mestres/Maestros” entresacamos varios capítulos que definen su personalidad.

El mejor torero de cuantos he conocido fue un paisano de ustedes, se llamaba Félix Rodríguez... ¡Qué torero!, el mejor, el que de verdad pudo suceder a Joselito. ¡Qué pena...! Esta opinión, que resume la más completa realidad de nuestro protagonista, grandeza y decepción, una más en la historia taurómaca de Valencia, la pronunció en los salones del hotel Astoria de Valencia otro grande, Fermín Espinosa “Armillita”, al que conocieron como el Joselito mejicano por el poderío y largura de su toreo. El maestro Fermín, que cumplía el que a la postre sería su último viaje a España acompañando a su hijo Miguel, había alternado con el propio Félix y había presenciado su triunfal actuación en la plaza mejicana de El Toreo, donde nuestro personaje le cortó un rabo al toro Cafetero, de Piedras Negras, después de una memorable faena de muleta que se compuso de veintiséis pases naturales, veintiséis nada menos.

“Yo fui toreando con Granero, con La Serna, con Domingo Ortega, todos grandes. Manolito era la perfección, lo hacía todo fácil y bien; La Serna era genial, nunca podías hacer cábalas, pensabas que aquella batalla la tenía perdida y resolvía el tema con una genialidad que lo borraba todo y a todos; Domingo fue mi torero, hondo, poderoso, fácil, yo fui orteguista como nadie, pero como aquel Félix Rodríguez de las buenas temporadas no hubo otro. Tenía todo eso que te he dicho de los otros, todo, era elegante, poderoso, artista, tenía cabeza y tenía mucho valor. Era guapo, bien plantao, ese cogía un par de banderillas y se llenaba la plaza de torero. Muy completo. Recuerdo su quite. Nadie lo pudo imitar: cuando el toro aún estaba romaneando en el caballo echaba las rodillas al suelo, lo llamaba y le pegaba faroles de rodillas hasta la boca de riego. Luego pasó lo que pasó...”.

-¿Qué pasó?

-Que en la calle no tuvo cabeza y se perdió.

Fue un clásico, un rebelde, un osado, un transgresor, un seductor, un valiente, un equivocado, un torerazo en el sentido más largo e intenso del término

Me lo contaba apasionado y nostálgico El Alpargatero, uno de los más grandes banderilleros valencianos de su tiempo, mientras me aleccionaba siendo yo un niño en su casa de Villamarchante, en unas jornadas inolvidables en las que procuraba instruirme en los fundamentos y creencias del buen toreo.

-Estaba ya malo y en Albacete los otros matadores arrancaron muy ligeros el paseo, tan ligeros que lo dejaban atrás y no le gustó. Yo toreaba aquel día. Félix les llamó la atención... ¡Eh!... Cuando salga el funo os vais a enterar.

Alpargatero recordaba que les pidió tranquilidad sin implorar, al contrario, lo hizo con arrogancia, jugando con la ironía y la soberbia del torero que se siente grande.

-...Os vais a enterar, les dijo. ¡Y cómo estuvo...!

Ese fue Félix Rodríguez, la gran frustración no solo de Valencia, que siempre le tuvo como propio a pesar de reconocer su origen montañés, sino del toreo entero en época de grandes toreros. No ha sido fácil encontrar documentación ni valoraciones detalladas sobre su trayectoria. La gran parte de la historia que recogemos a continuación son testimonios orales, de testigos directos y de otros que los escucharon de sus mayores. Todos los juicios son bipolares, escuetos y rotundos. Reconocen sus grandes cualidades y todo seguido les contraponen su triste final. ¿Por qué esa falta de literatura?... quizá por lo breve de su trayectoria, Quizás, y muy probablemente, porque los revisteros y críticos de la época, muy adictos a los nombres propios a los que Félix superó, apabullante, en muchas ocasiones, se acabaron decantando hacia los que pervivieron; quizá por el rechazo social que producía su enfermedad y su modo de vida que chocaba con la moral pública de la época y hacía que le pasasen por encima o le obviasen con simples y lejanas referencias a su menguada salud. Lo tuvo todo, alcanzó lo máximo cuando apenas era un veinteañero simpático y pletórico, todo, fama, dinero, admiración... con ¡solo cinco! temporadas de matador y prácticamente ninguna de ellas en plenitud física. Y sin nada se quedó. Con apenas veintisiete años, un mal día, en una plaza lejana y de escasa categoría, Perpignan, sus articulaciones dicen basta e interrumpe la temporada. Todos pensaron que sería una interrupción más de las muchas que había tenido en su carrera, que cuando se repusiese volvería a comenzar. Esta vez no fue así. Lo avanzado de su dolencia, una sífilis que había arruinado sus articulaciones, ya no le permitió volver a los ruedos. Murió diez años después en Madrid, tras larga y dolorosísima enfermedad que le tuvo postrado bajo los cuidados solícitos y solitarios de su madre. Solo el sentido de solidaridad de los compañeros encabezados por su padrino de confirmación, Antonio Márquez, y por sus ahijados Victoriano de la Serna y Domingo Ortega, le aliviaron económicamente los últimos meses de su existencia. Él, que había disfrutado de los más lujosos coches, acabó implorando una silla de ruedas “para poder ver los árboles del jardín” le dijo al periodista…

LA ALTERNATIVA DEL PROFESOR

La temporada de 1927 la arranca toreando como novillero. Dos tardes en Barcelona, donde no corta orejas pero deja tal sensación de madurez y plenitud que las dos actuaciones se pueden considerar dos triunfos. En una de ellas es tal la intensidad de la faena, dice alguna crónica, que se desmaya a mitad de trasteo, circunstancia que se repetiría años después en Méjico y que hace pensar más que en lo sentido de su torero en alguna carencia física; y aún hay una tercera tarde, en Castellón, que acabaría siendo su despedida como novillero. Sucede el 27 de marzo y en ella cuaja una faena apoteósica premiada con una oreja y una triunfal salida en hombros. Ese toro se lo brindó al empresario Manolo Ruiz y las crónicas son unánimes “el Félix Rodríguez de ayer no es improvisación ni suerte, se trata de un lidiador completo” y por aquellos días aparece una propaganda que hace fortuna, en la que se le nombra como “El profesor” y los críticos más fieles le califican ya, aun sin haberse doctorado, como “La pesadilla” de Márquez y Marcial.

La alternativa no podía demorarse más. Cómo y dónde tomarla son las preguntas claves y de difícil respuesta. En Valencia, que se supone debía ser la plaza más adecuada, no tiene las cosas muy de cara la empresa, ni incluso con toda la prensa, como demuestra que por aquellos días salte a la luz pública un contencioso con El Mercantil, el diario de más prestigio taurino y que más atención prestaba a los toros en Valencia.

El Clarín, semanario taurino que se edita en Valencia, publica una gacetilla en la que se dice con clara y rotunda intención:

“El Mercantil era un gran entusiasta de Félix Rodríguez hasta cometer injusticias con otros toreros de cartel y de la noche a la mañana el rotativo de Pintor Sorolla se ha convertido en el enemigo recalcitrante. ¿Por qué?... se pregunta y se contesta todo seguido, enigmático y sibilino, con peores intenciones que un miura: misterios en los que no queremos penetrar”.

El conflicto dura al menos unos meses más y con Félix ya matador, su peña manda un comunicado al diario quejándose de que en la crónica de El Mercantil le han quitado u obviado las tres orejas y el rabo que el torero ha cortado en Lucena. El diario no se hace eco de la protesta, pero ésta sí aparece publicada en otros medios. Así que con ese ambiente local parece obligado a girar la mirada hacia Barcelona, otra plaza que siempre le trajo fortuna y donde tiene mucho cartel. Habla con el nuevo empresario, don Pedro Balañá Espinós, y su conversación, supongo que aproximada y magnificada, quedó incorporada a la tradición oral que acompaña la leyenda de Félix en Valencia, en la que se aseguraba que el que acabaría siendo uno de los empresarios más emblemáticos del siglo ya dio muestras de su perspicacia en una charla entre ambos que no debió diferir mucho de estos términos:

Para él el toreo fue grandeza y la sorbió con exagerada fruición, sin límite. Muy pronto, cuando se instaló en las alturas, una maldita enfermedad se lo llevó por delante en la plenitud de su vida

-De acuerdo, torero, firmamos tres tardes y si no tienes suerte en la alternativa lo puedes arreglar en las otras; le propuso el empresario, a lo que respondió el torero en un arranque de seguridad y orgullo…

-Don Pedro, firmamos una y al acabar hablamos de las condiciones de las otras.

Los dos, es evidente, mostraron una visión de lo más acertada. La alternativa se fijó para el 3 de abril. Félix decide que su padrino sea Victoriano Roger “Valencia II”. Es una de las condiciones innegociables. El motivo tiene una fuerte carga sentimental. Félix, que no va a doctorarse en su tierra de adopción, quiere asegurarse todos los vínculos posibles con los paisanos y este Valencia II es el único torero al que doctoró Granero, al que Félix pretende suceder y de quien se considera continuador. El tercer espada del cartel, entonces no cabía hablar de testigo, terminología más moderna, es Manuel Pozo “Rayito”, que se presentaba en aquella plaza.

La corrida no solo es la primera de la temporada, sino que también es la primera corrida de toros que organiza Pedro Balañá, que ha subarrendado el coso a la empresa de Madrid, lo que en algún medio se valora como una liberación del poder central. Todo se prepara con minuciosidad. Se hace una propaganda que algunos consideran exagerada: se edita un cartel especial, obra de Ruano Llopis, que lo ha creado para la ocasión y que volvería a utilizarse ese año en la feria de El Pilar; en el que se representa al propio torero dando un airoso pase de pecho; se encarga a la actriz Carmelita Corzana, que vive su momento de mayor popularidad, que pida la llave… y la plaza se llena en sus tres cuartas partes, circunstancia que a los medios adictos les parece un fiasco después de tanto preparativo.

La tarde también tiene su polémica, en este caso en torno a la propiedad de los toros lidiados. Leídas las crónicas de los diversos diarios y semanarios, parece evidente que se debe a la discrepancia que había levantado la nueva gestión del coso catalán. Y en ese sentido se lee:

“Se anunciaron del Marqués de Albaserrada, vecino de Sevilla, sin contar que el actual propietario era el salmantino José Bueno. Éste y no el Marqués fue el que vendió la corrida. ¡Con que estos trucos traemos, señores Balañá y Martínez…! Tengan cuidado con esas omisiones claramente intencionadas”.

El tal Martínez es el gerente de la empresa y quien más suspicacias levanta, sobre todo por los múltiples comunicados de autoalabanza que firma en los periódicos. El periodisa de El Eco, que más adelante razona que por el tiempo transcurrido desde el traspaso de la ganadería no puede quedar ningún toro del Marqués, se está refiriendo a los actuales victorinos, acaba reconociendo que la corrida estaba bien presentada y dio buen juego. El de la alternativa, de pelo negro, se llamó “Giraldillo”, estaba marcado con el número 38, fue abanto de salida y sacó poco gas.

Fue un adelantado a su tiempo, basta con ver las fotos, el atalonamiento frente al toreo de puntillas que tanto se llevaba, el medio pecho, la altura de los engaños y el regusto que se desprendía de sus formas para comprobarlo

Viste el toricantano un terno habana y plata, esta vez con caireles, a diferencia de la moda contraria que tanto utilizó Félix y el Chato Valencia, el padrino, le dedicó un amplio discurso en la ceremonia de la alternativa antes de que, armado de espada y muleta, le brindase el toro a su amigo del alma, Ruano Llopis. El cartelista ejerció desde siempre, desde que le vislumbró sus cualidades artísticas viéndole torear de salón, no solo la admiración que se le profesa a un torero, sino la amistad en el sentido más amplio y en ese aspecto le fue fiel en los momentos menos fáciles y procuró ejercer cierta protección sobre sus hábitos y amistades, matiz en el que evidentemente no triunfó el pintor.

Antes, en ese toro, dio un curso de toreo de capa; “verónicas, finísimas, colosales”, dice F. Maciá en El Eco Taurino, que le reseña además un precioso quite que califica como soberbio “un farol, una gaonera y un recorte de rodillas”. La faena fue valiente y decidida y al matar de “estocada arriba y contraria de tanto atracarse de toro” fue fuertemente ovacionado dando la vuelta al ruedo.

El éxito rotundo llegó en el sexto, mansurrón, grande y bien armado. En ese toro continuó su exhibición capoteadora hasta despertar a la gente del letargo en el que había sumido la actuación de los otros diestros. Repitió Félix el mismo quite que tanto entusiasmo había despertado en su primero, para que viesen que no era casualidad, y le añadió otro por gaoneras que hizo sonar la música.

No anduvo fino con las banderillas, reseña F. Maciá, y tras brindar al público, echó las rodillas al suelo en los mismísimos medios para comenzar la faena de muleta que calificaron de inteligente y propia de un matador de toros. Como referencia de la intensidad del éxito alcanzado en ese toro, basta con decir que desde el primer tercio y hasta que rodó el toro de un pinchazo arriba y una estocada, no dejó de sonar la música. Le concedieron la oreja y un grupo de entusiastas no esperó a que los costaleros le sacasen en hombros. Al final, resumen los cronistas: tarde triunfal para el toricantano, cruenta para el padrino -que resultó cogido por el único que mató- y de poco acierto para Rayito, que debutaba. Félix, ahora sí, estaba en condiciones de negociar los otros contratos con don Pedro Balañá, que siempre contó con él.

AMIGOS Y ADMIRADORES: LAS COSAS DE FÉLIX

Arrancaba este trabajo sobre Félix Rodríguez con las opiniones de dos personalidades, Armillita y Alpargaterito, los dos compartieron vivencias comunes con el malogrado diestro y los dos se declararon admiradores de su arte y poderío. Son opiniones que forman parte de esa tradición oral que compensa la falta de testimonios directos y trabajos sobre Félix y a los dos se las escuché personalmente. Que conociesen personalmente a Félix, testimonios que puedan hablar en primera persona, quedan pocos. Alfredo Corrochano es el último diestro vivo que llegó a actuar con él. Sucedió en Badajoz el 14 de abril de 1932, poco antes de que la enfermedad pusiese punto final a la carrera artística de Félix.

Alfredo Corrochano lo recuerda perfectamente. Me lo cuenta desde su retiro en Asturias.

-Fue un gran torero, de los más importantes de la historia. Tuvimos el mismo apoderado, don Manuel Pineda, el mismo que apoderó a Joselito. Antes le había dirigido Pagés, lo recuerdo perfectamente. Cuando toreamos en Badajoz ya estaba enfermo, pero aun así me causó una gran impresión. Yo le había visto torear antes, incluso habíamos coincidido en el campo, pero ese día me impresionó.

-Pues según los datos de Serrano Romá, le pitaron en los dos.

-Pero sabe usted que eso son circunstancias de una tarde, que no influyen en la opinión general que tenemos de un gran torero. Mire usted, era un torero muy completo. Toreaba extraordinariamente con el capote, era muy dominador, estaba en la escuela de Joselito. En aquella época, todavía los toreros habíamos soñado con ser Joselito, más que con ser ningún otro.

-¿Más que con ser Belmonte?... le interrumpo.

-¡Mucho más, hombre!..., me contesta airado..., estamos hablando de maestros, no estamos hablando de Belmonte que fue un caso aparte y con el que toreé mucho. Félix estaba en la línea de Joselito, en su línea de influencia. Eso no quiere decir que se pareciese porque en mi época ningún torero imitaba a otro, cada cual seguía su estilo. Félix era tan completo con el capote, tan variado, que no se le puede imaginar sin verle. Su quite con las dos rodillas en tierra, por faroles, recuerdo que también lo hizo aquella tarde de Badajoz, me ponía los pelos de punta. Luego con las banderillas era fenomenal, por dentro no tenía nada que envidiarle a Sánchez Mejías; con la muleta, extraordinario, muy puro, y además un gran estoqueador, lo que pasó ya lo saben, que enfermó pronto... y entre la enfermedad y unos noviazgos que tuvo... ¿Comprende?

Lo tuvo todo y lo malgastó todo, prestigio, fortuna, relaciones y hasta su propia vida. No fue un Juncal, quite usted, él fue figura máxima en su tiempo, fue en todo caso el ejemplo extremo de lo que se entiende por un juguete roto

-Sí, sí, claro.

-Fue un hombre que lo vivió todo, el toreo, las mujeres, el cante... Me acuerdo un día que nos invitaron a un tentadero, concretamente a casa de don Antonio Pérez Tabernero. Fuimos juntos, Valencia II, Félix y yo. Era hombre de un carácter jovial, de muy buen humor, al que daba gusto oírle hablar de toros. Estuvimos varios días y me ganó por su carácter, tenía mucho don de gentes, y por su torería.

-¿En el mundo del toro se conocía su enfermedad?

-Sí, sí. Trascendió pronto. Tuvo buenos consejeros, don Manuel Pineda por ejemplo, que era un santo, pero también los tuvo muy malos, y a esa edad a quien se hace caso es a los malos. Es lo que suele ocurrir cuando se ha estado privado de muchas cosas y de pronto te encuentras con el mundo, que no siempre se coge el buen camino. En el toreo hay que pensar en el toro y apartarse de algunas de las otras cosas, nada especial, ninguna renuncia tremenda porque hay que disfrutar de todo, pero con ritmo.

Alfredo Corrochano, hijo del célebre crítico, fue, es, para ser justos, torero de los pies a la cabeza y mil veces que naciese, mil veces, asegura, que sería torero, “ni futbolista, ni político, ni nada, ¡torero!”, que para él sigue siendo lo más grande que puede ser un hombre. Formó parte, fue uno de los últimos en incorporarse, de la llamada época de plata del toreo y alternó con Marcial, con Márquez, con Manolo Bienvenida, con Armillita, y hasta tuvo la suerte de actuar con algunos toreros de la conocida como edad de oro cuando reaparecieron, circunstancia que el maestro recuerda con orgullo.

-También toreé con Sánchez Mejías, con Rafael el Gallo y con Belmonte. Con Belmonte toreé mucho, toreé en su reaparición en Nimes, toreé en su despedida en Madrid, ese día corté dos orejas y un rabo... En aquella época los toreros nos respetábamos mucho, en la puerta de cuadrillas nos dábamos la mano y ahora, ¿sabe?... me lo comentó Marcial poco antes de morir, un día que fui a verle, me dijo: “Alfredito, los toreros ahora hasta se besan en el patio de cuadrillas...”.

Vivencias que autentifican y valoran sus opiniones sobre Félix.

-Mi padre también fue un gran admirador suyo, entraba en la línea de toreros que le gustaban.

-A Clarito no le gustaba.

-Es que Clarito tenía muy mala leche, yo le quería mucho, pero tenía mala leche. Se lo digo yo, Félix Rodríguez fue uno de los mejores toreros de la historia.

“El mejor torero de cuantos he conocido fue un paisano de ustedes, se llamaba Félix Rodríguez... ¡qué torero!, el mejor, el que de verdad pudo suceder a Joselito. ¡Qué pena...!”, me dijo Armillita

Pepe Dominguín, último representante de una de las casas toreras más relevantes de la época conoció a Félix siendo todavía un niño y le recuerda perfectamente, sobre todo en aquella temporada en la que éste es uno de los matadores que aceptan el ofrecimiento de su padre, Domingo Dominguín, por aquel entonces empresario de la arrabalera plaza de Tetuán, coso que restauró con la colaboración del empresario y contratista valenciano Juan Císcar. Dominguín andaba empeñado en quitarle protagonismo a “la primera” y para ello contaba con muchos factores que debían ayudar, algunos francamente teóricos pero ilusionantes: la ampliación de la barriada; la boca del metro a la puerta de la propia plaza que le comunicaba con todo Madrid; las ganas de los toreros y ganaderos de abrir alternativas; la colaboración del que había sido muchos años representante de la empresa de Madrid, Manuel Retana, del que esperaban que con su prestigio atrajese a los grandes toreros; y, contaba Dominguín, naturalmente, con su propia y proverbial imaginación y hasta con los primeros críticos del momento. Al final perdió la guerra, porque como dijo Clarito, que en esta cuestión fue otro de los perdedores...

-Las plazas capitales, amén de la ventaja competitiva de su cabida, poseen un arraigo y un incentivo irrebatibles. El público, tras alguna escapada, y no en masa al suburbio -que siempre es suburbio como es mona la mona por bien que se vista- continuará adicto a Madrid, porque siempre es Madrid y “no hay más que uno”.

Félix pagó aquella decisión de contratarse con su amigo Dominguín y estuvo un año sin torear en Madrid, castigo mal disimulado que la empresa de la plaza de la carretera de Aragón, que ya estaba construyendo la actual Monumental, impuso a todos los toreros que se anunciaron en el arrabal.

-Recuerdo perfectamente a Félix, sobre todo su estampa de torero. Una de las imágenes más nítidas que conservo de él es con un traje grana y oro abriendo los brazos para banderillear un toro... una maravilla. Me caló tanto aquel torero que cierro los ojos y le veo perfectamente. Luego le vi otra vez en Madrid, toreando con Ortega y de ese día me acuerdo de su quite por faroles de rodillas. Le pegó cuatro faroles sin levantarse, cuatro... Yo siempre digo que era el prototipo de cómo debe ser un torero en su figura, en su aspecto. Viéndole andar a los toros para banderillearlos, era deslumbrante, un espectáculo por sí solo.

-Por aquel entonces tu padre apoderaba a Cagancho y más tarde a Ortega.

-Pero nunca estuvo contra Félix, al contrario, prueba de ello es que Félix fue a torear a Tetuán. De aquella experiencia unos salieron contentos y otros no tanto, lo normal. Entonces había competencia y eso siempre es bueno, ¡si es sana claro...!”.

-Háblanos de su carácter.

-Un tío simpático, nunca un desahogado, eso no, él era de los que caía bien a la gente y a los públicos, lo que ocurrió es que él vivió su vida y la vivió a tope. Tuvo mala suerte, fue víctima de una enfermedad muy grave y poco controlada y ya sabes...

-¿Los profesionales de entonces lo sabían?

-Claro, lo sabían todo, lo de la enfermedad y la clase de torero que era, sensacional, eso no lo podía obviar nadie, ¡menudo torero!

“Como aquel Félix no hubo otro”, contó Alpargaterito; “de los más importantes de la historia”, dijo Alfredo Corrochano, “deslumbrante, un espectáculo”, resumió Pepe Dominguín...

Paco Peris fue su amigo personal. Le conoció y le trató en su decadencia, pero cuando todavía sus hazañas toreras, sus reacciones y gestos más legendarios estaban muy frescos en la memoria de las gentes; vivió incluso sus últimos triunfos en la capital, cuando Félix combinaba gloria y decepción con exceso de contraste; asistió desde la discreta posición que se reservaba a los adolescentes a las reuniones más festivas y deslumbrantes del torero y en la última etapa, cuando ya se le había manifestado la enfermedad final, la hermana de Félix y el mismo Paco empujaban el carrito de ruedas por la Gran Vía de Valencia para que el maestro tomase el sol. Recuerda perfectamente los diversos domicilios del maestro en Valencia, uno, de casado, en Conde Altea; otro al comienzo de Salvador Abril y en Maestro Serrano, del que recuerda el patio central con una fuente que era atracción de cuantos pasaban cerca...

“Si estaba la puerta entreabierta se asomaban todos. Recuerdo también las tertulias del maestro en el Club Manolo Martínez, con Llapisera, Escriche y otros aficionados relevantes... ¿Sabes qué bebía Félix?... bebía whisky, VAT 69, como si lo estuviese viendo, eran unas botellas negras. En España apenas se conocía esa bebida y él la bebía a diario, en ocasiones sin vaso, a trago directo, y recuerdo las partidas de cartas, jugaban al golfo y en aquellas sentadas se fue escapando su fortuna, las casas, las joyas... él era así, exagerado para todo. El mejor torero, el más valiente, el más artista, el mejor banderillero, el más guapo y el más vividor también. Yo tuve el honor de llevar su fundón de espadas. Se lo compré a su hermana cuando ya Félix estaba privado. Era una preciosidad de cuero repujado que lo trajo de su viaje a Méjico. Las espadas se las había hecho Luna y estaban dedicadas “A Félix Rodríguez”. Cuatro de matar y dos de descabellar, una larga y una corta, con la muerte muy adaptada a su forma de entrar, eran de las primeras que tenían curvatura lateral, a izquierdas, además de la más tradicional, ¡por si te salías un poco de la recta! Durante mucho tiempo se las fui prestando a todos los toreros de Valencia y al final cuando Paco Sanz apoderaba a Santiago López, se empeñó y se las vendí. ¡Cómo serían las espadas! que el día que salí de sobresaliente en el mano a mano de Manolete y Arruza, me las pidieron, y a sus últimos toros, los dos, los mataron con las espadas de Félix. Eran espadas muy famosas.

¿Que cómo era como torero?... Pregunta a quien quieras, que te lo dirá: el más completo, el de más arte, podía con todos los toros. El que de verdad pudo ser el sucesor de Joselito, yo siempre lo oí decir, él era el más Joselito de todos.

Y curiosamente para el gran público no fue una máxima figura, lo fue para los profesionales. Para Alpargatero, me lo contaba, era el más perfecto que había visto.

Te voy a contar una anécdota que me contó Vicentico “El Pintor”, que iba con él de mozo de espadas. Un día hizo esperar a Marcial y al Chato Valencia en la puerta de cuadrillas. Fue en Barcelona, que no fue en un pueblo. Le esperaron con el capote liado más de un minuto, un minuto en ese sitio es como un año. Estaban todos, los alguaciles, las cuadrillas, el presidente, todos menos Félix. Me lo contaba Vicentico con satisfacción, parar explicarme de qué pasta estaba hecho su matador.

Resultó que Félix había pasado la noche fuera del hotel, de fiesta, y llegó a última hora y en unas condiciones regulares, así que Vicentico tuvo que meterlo bajo la ducha y llegaron a la plaza con el tiempo pasado. Félix riéndose, con el capote de paseo al hombro, bromeando -¡Vamos ya!, dijo- y sin tiempo para más hizo el paseo ¡prácticamente sin liarse! Marcial le quiso echar la bronca y Valencia le quitó la idea -Deja al chico, que nos joderá-. Y los jodió, los jodió, le armó un taco a la corrida y acabó con todos. Ese era Félix”.

Fotos: ARCHIVO