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ENCUENTROS, POR JOSÉ LUIS BENLLOCH.- ALPARGATERO Y LA ESCUELA VALENCIANA

De nostalgia y plata
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De nostalgia y plata

En recuerdo y homenaje a lo que se conoció como la escuela valenciana de banderilleros

viernes 18 de enero de 2019, 11:00h

Estos Encuentros los he vestido de nostalgia y plata. Tienen como protagonistas a los banderilleros valencianos, un rosario de nombres que conforman una de las leyendas más arraigadas del toreo. Una escuela que durante largas temporadas, ante la falta de matadores figuras de la tierra, llegó a compensar el orgullo patrio de la afición. Tenía su encanto. La ilusión no se limitaba solo a los más grandes ni a las grandes citas, todavía hay aficionados que recuerdan cómo los domingos de novillada, antes de decidirse a sacar la entrada, se detenían ante los carteles y miraban la lista de los banderilleros anunciados por si valía la pena, por si estaba este o aquel y si no... al cine. En la actualidad se ha perdido la costumbre de anunciar las cuadrillas en los carteles ¡viva el anonimato! Para mí supone quitar estímulos, a los banderilleros y a los aficionados que les seguían. Es como si la bota alargada de la simplificación y las prisas -¡solo maestros, por favor!- quisiera pisar a la tropa y disimular la ignorancia general ¡no entiendo, no me interesa! Sea por lo que sea, sea responsabilidad de quien sea, los han apartado del gran público. Y de paso, o a la vez o antes, se ha perdido la costumbre de colocar carteles detallados con todos los participantes en una búsqueda de la modernidad que en no pocas ocasiones se pierde en extrañas iconografías de difícil identificación con la Tauromaquia.

GRAN DAVID.- El hombre de Manolete y Luis Miguel, entre otros. El Monstruo quería que le diese la mano para salir del coche. Incluso cuando se fue con Luis Miguel.

En esa Escuela -¿lo he escrito con mayúsculas?... está bien, no lo corrijan-, en esa Escuela Valenciana, les digo, hay dos líneas claramente diferenciadas: la poderosa y la artista. Una más directa, en la que primaba la eficacia; otra más bonita y no menos meritoria, al fin y al cabo llegaba al mismo punto dando un rodeo por la estética; y hasta se podría hablar de una tercera, un lugar de encuentro o punto de confluencia que vino más tarde. Blanquet y David son las cabeceras de la primera; Morenito y Alpargatero, de la segunda; y finalmente Montoliu, la confluencia en la que se resumían las dos. Y si para situarles en su dimensión exacta conviene que les identifiquemos con los grandes maestros para quienes torearon, pongan por orden de citación a Joselito, Manolete, Belmonte, Ortega, La Serna…. Antoñete y Ojeda, entre otros. Y en ese firmamento de estrellas no quiero olvidar a mi admirado y querido Honrubia, el artista por excelencia que no fue con ningún grande, el genio que siempre se sintió extraño en aquel mundo en el que por una línea o por otra tocaba servir más que servirse. Y en ello se mantuvo aunque ello supusiese renunciar a la supervivencia, a la artística y a la otra. No fueron los únicos nombres con categoría y seguidores en estos lares, el Trallero de Gaona, el Ferrer de Ordóñez, Celis, Moncada, Marzal, Capilla, Pepe Martí, Pepe Luis Díaz, Copetillo…, entre otros, siguieron esa estela.

Hay dos líneas claramente diferenciadas: la poderosa y la artista. Una más directa, en la que primaba la eficacia; otra más bonita y no menos meritoria, al fin y al cabo llegaba al mismo punto dando un rodeo por la estética; y hasta se podría hablar de una tercera, un lugar de encuentro o punto de confluencia...

En homenaje a todos ellos he querido rescatar mis recuerdos -un viejo reportaje- con el maestro Alpargatero, el personaje que resumía el carácter y el orgullo de sentirse torero más allá de que vistiese la plata o el oro. Gran aficionado, detalle importante porque no siempre confluye el ser buen torero con el ser buen aficionado, con él aprendí de toros y de toreros lo suficiente como para entender con los años que en el toro, como en la vida, nunca se sabe todo. Alpargatero comenzó en el toro siendo banderillero en una cuadrilla de niños toreros, Andresito y Majito, surgida al socaire de la de Gallito y Limeño, y llegó a formar parte de las más grandes de su tiempo. Fue fijo, entre otras, en las de Fortuna, Granero, Félix Rodríguez, Luis Freg, Niño de la Palma, Domingo Ortega, en dos etapas diferentes, Martín Agüero, Victoriano de la Serna, Fernando Domínguez, El Andaluz, Martorell… hasta retirarse en Orán, en 1957, a las órdenes de Pablo Lozano.

GRAN BLANQUET.- Al único al que José, en Madrid nada menos, le dio un par y le dijo dónde quería que le colocase el toro. De genio a genio.

... Blanquet y David son las cabeceras de la primera; Morenito y Alpargatero, de la segunda; y finalmente Montoliu, la confluencia en la que se resumían las dos

Sirva pues este reconocimiento como un pequeño homenaje a todos los de su escuela y a los que les disfrutaron. A unos y a otros se les echa a faltar: a los toreros y a los que sabían valorarles. Por la falta que hace saber lo que es una buena brega o correr un toro por delante, nada que ver con correr desaforadamente delante de un toro sin que el capote sea más que un estorbo con el que están a punto de trabarse; por saber o peor, no saber, que se clava por delante o se le busca la pala cuando conviene aligerar y siempre con los pies en la arena, nada que ver con los saltos acrobáticos capaces de producir una tendinitis solo de verles; de la misma manera que en banderillas se cita con las manos a la altura de los machos de la montera nada que ver con citar con las manos en las alturas como si estuviesen colgados del tubo de la luz ¡pidan urgente una foto de Pepe Dominguín o de Paco Honrubia, pero ya!; o que a la plaza se llega estirado y a punto desde el hotel, o sea, sin necesidad de ponerse a hacer gimnasia y contorsiones en el callejón a la vista de todos ¡Ni a Nuréyev ni mucho menos a Gallito se le recuerda de esa guisa en el escenario!; hay que reconocer también que aquella era gente a la que ni se le ocurría darle una palmada en la espalda o allá donde la misma pierde su honesto nombre para celebrar un triunfo del matador… No imagino ni a Alpargatero ni a David ni a Blanquet dándole una palmada en el culo a Domingo Ortega o a La Serna o a Manolete y ya no digo a José, ni siquiera hablándoles de tú… ¡Por Dios! Pues por toda la gente que practicaba esa liturgia, por los de la escuela de Valencia y por todos los que competían con ellos, van estos Encuentros con Alpargatero.

A UNA MANO.- Correr un toro a una mano es exactamente esto. Atención a la mano derecha del maestro David.

ALPARGATERO: EL ORGULLO DE SER TORERO

Le conocí en Vilamarxant. En pleno Camp de Túria, donde se retiró cuando dejó los ruedos. La gente le conocía por el Torero, no hacía falta más. En los carteles le anunciaban Alpargaterito, aunque pasado el tiempo, lógicamente, le fueron apeando del diminutivo y se quedó con Alpargatero. Desde muy niño supe que aquel señor alto que los domingos vestía traje negro y se tocaba de un sombrero camino de la iglesia, era torero. Yo le distinguía a la legua. Posiblemente se debiese a mi obsesión por todo lo que estuviese relacionado con el toreo, pero le veía distinto y hasta superior a todos. También le conocía un traje marrón, como el color habano de los vestidos de torear. Pasado el tiempo supe, porque me lo contaba él mismo, que tenía un montón de ternos elegantes, y que cada vez que llegaba la feria procuraba ir al sastre, como cuando toreaba. Los gastaba con chaleco y los días de fiesta los cruzaba con una cadena de oro a cuyo extremo trababa su reloj de mano. Siempre oí decir que aquella cadena de un dedo de gorda y todas las joyas que lucía su señora las había traído el torero de América.

VAYA CARTEL.- En Barcelona, Ortega, Manolete y Domingo Dominguín. El valenciano, a las órdenes del de Borox. Reventón en la Monumental.

La gente del pueblo lo contaba con énfasis y entonces todos asentían con una sonrisa cómplice como si de pronto hubiesen descubierto el origen de algo que hasta ese momento les parecía increíble o al menos misterioso, porque a nadie en aquellos tiempos de estrecheces le podía entrar en la cabeza que se pudiesen comprar tantas y tan valiosas joyas, salvo que existiese, claro, una razón de tanto peso como la de ser torero. Era escuchar que era torero y todos asentían, “así, claro”.

También le veía salir muchos días camino de la huerta. No sería muy temprano cuando un chiquillo como era yo entonces, le veía. Ni hubiese sido demasiado torero madrugar en exceso. Los propios toreros me explicarían pasado el tiempo que se era torero precisamente para no madrugar y Enrique no solo era torero sino que era el mejor, o al menos eso era lo que me parecía a mí que nunca le había visto torear pero sí le veía salir de casa camino de la iglesia o de la huerta y me saludaba como si yo fuese de su gente. ¡Torero! me decía casi sin mirarme pero sabiendo que me hacía mella. Yo le escuchaba y encima me lo creía y claro, le correspondía dándole tratamiento de maestro, que además de ser cierto era lo que yo había escuchado que se decía en esos casos.

Se echa a faltar a aquellos toreros y a aquellos aficionados que sabían valorarles. Porque hay que saber lo que es una buena brega o correr un toro por delante, nada que ver con correr desaforadamente delante de un toro…

Naturalmente que a la hora de ir a la huerta no vestía el traje pero sí dejaba ver su buena hechura. Llevaba alpargatas de esparto en verano y unas botas como de excursionista en invierno. Su paso era ligero, porque aunque ya no toreaba, siempre mantuvo la forma y la línea de torero bueno. Salía y se perdía en un relámpago por el camino de tierra que le llevaba a aquel campo de naranjos del que se sentía especialmente orgulloso. Allí se le veía disfrutar, incluso se arremangaba y trabajaba como un labrador. Lo hacía fundamentalmente para hacer ejercicio. Pasado el tiempo llegué a acompañarle alguna vez y vi cómo saltaba acequias con una ligereza impropia de la edad. Lo hacía por el mismo motivo que cuando ya muy mayor íbamos a Valencia a los toros, esperaba a cruzar las calles cuando los semáforos ya se habían puesto en rojo y arrancaban los coches, con el único propósito de demostrarme que Alpargatero todavía era Alpargatero.

… O que en banderillas se cita con las manos a la altura de los machos de la montera nada que ver con citar con las manos en las alturas como si estuviesen colgados del tubo de la luz ¡pidan urgente una foto de Pepe Dominguín o de Paco Honrubia, pero ya!

Cuando apenas me asomé al periodismo le hice la primera entrevista y me di cuenta de que sabía tantos detalles de mi primer maestro, que me había imbuido tanto sus creencias, que debí haberme dedicado la infancia a escucharle, ¡qué digo a escucharle: a espiarle! Una de las primeras cosas que me explicó y tuve como una ley es que Morenito de Valencia fue el mejor y más completo de todos los banderilleros, por encima de Blanquet; y que todo seguido había que situar a Cantimplas, que también iba con José.

-Blanquet era más de pelea y estaba muy compenetrado con Joselito, mientras que a Cantimplas, que muchas tardes ni saltaba al ruedo, lo reservaba José para otro tipo de toros. Cuando salía uno de esos que hay que torear era el momento de Cantimplas.

SU ÚLTIMA COMPARECENCIA.- En la puerta de cuadrillas de su Valencia, en la novillada de la prensa de 1981.

Yo me imaginaba en cuanto salía el toro a aquella cuadrilla de grandes ilustres pendientes de que el joven José distribuyese la faena. Este para ti Blanquet o espera que va Cantimplas, pero Enrique me lo quitaba de la cabeza inmediatamente diciendo que era todo como si no pasase nada, que se entendían con la mirada, bastaba con que José le mirase a uno o a otro y cada cual ya sabía lo que tenía que hacer porque también ellos veían el toro.

… O que a la plaza se llega estirado y a punto desde el hotel, o sea, sin necesidad de ponerse a hacer gimnasia y contorsiones en el callejón a la vista de todos ¡Ni a Nuréyev ni mucho menos a Gallito se le recuerda de esa guisa en el escenario!

Y si le seguía insistiendo en las cualidades de Blanquet, rápidamente me recordaba la supremacía de la clase y el gusto sobre el poderío y el bregar, porque bregar o pelearse con los toros -que era un verbo muy de la época- estaba al alcance de muchos, y en cambio torear, lo que se dice torear, era privilegio de unos pocos. Yo le oía y suponía que estaba arrimando la teoría a su realidad o el ascua a su sardina aunque pasados los años, persona tan autorizada como Pablo Lozano, que fue su último matador, salía al paso de esa conclusión.

-Alpargatero era de los que podían con el toro. Les podía por abajo. Les echaba el capotito al hocico y los arrastraba. Además tenía valor. Yo diría que fue muy completo y no se quedaba atrás de David. Conociéndole te puedo asegurar que nunca se hubiese dejado ganar la pelea por nadie y menos por David.

CARTELAZO.- Ortega, Manolete y Pepe Luis. Alpargatero, tras su ídolo.

Y si hablábamos de banderillas con Alpargatero, ponía por delante a Facultades, que según expresión suya traía sin vista al propio Joselito. En aquellas primeras lecciones me explicó también lo mucho que solían apretar hacia los adentros los toros del Duque, entonces cuando en el toreo se hablaba del duque se entendía que era el de Veragua, y aquel Pocapena de la tarde del desastre de Granero en Madrid no fue una excepción. Aunque...

-El pecao de verdad fue que el toro tenía siete años, ese fue el pecao. Fue un toro bronco al que ya costó mucho picar. Yo lo lidié y lo banderilleé por delante -entonces el reparto de responsabilidades de las cuadrillas no era como en la actualidad- y me di cuenta de que se vencía mucho por el derecho. Cuando le puse el segundo par y llegué a las tablas se lo dije al maestro. No me hizo caso. Estaba en Madrid y quería redondear la tarde, así que no me hizo caso. Lo que vino después ya lo sabe todo el mundo.

Y aquello que sabía todo el mundo no consintió en contármelo nunca. Como tampoco me contó el porqué de su desencuentro con su contemporáneo David, pero todos entendíamos que se trataba de un exceso de celo profesional.

ARANJUEZ.- Ahora a las órdenes de La Serna. Alternativa de Colomo.

A Enrique le recuerdo en su casa de Vilamarxant, a orillas de la lumbre, con el fiel y viejo suéter enroscado a sus pies y la escopeta apoyada en un rincón como testigo de otra de sus aficiones. O si era verano, charlando en aquel patio amplio y luminoso donde había crecido un precioso jazminero al que de vez en cuando le ponía un par de banderillas en una acción tan repetida que había hecho una muesca donde se suponía que estaba la cruz del imaginario toro, bueno, la cruz no, un poco más atrás para que no molestasen al matador, detalle que él, al que le gustaba ser un perfeccionista, me hubiese corregido.

Alpargatero ponía la clase y el gusto por encima del poderío y el bregar. Bregar o pelearse con los toros, que era un verbo muy de la época estaba, decía, al alcance de muchos y en cambio torear, lo que se dice torear, era privilegio de unos pocos

Era también hombre ordenado y muy enamorado de su mujer. Ese era un matiz que halagaba mucho a las señoras que lo sabían y provocaba cierta desconfianza en los hombres, pero era cierto. Atendió personal y delicadamente todas las necesidades que generó la enfermedad de su esposa Julia y más tarde hizo lo mismo con su cuñada Catalina, sin que en ninguno de los casos saliese de su boca reproche alguno.

Tenía mucho de presumido, jamás conocí a ningún buen torero que no lo fuese, y bastante de vanidoso, de ahí que no le gustase nada que sus convecinos no tuviesen una idea clara de su categoría como torero.

FERIA DE VALENCIA.- En un descanso con Fernando Domínguez.

-No saben, es que no son aficionados, trataba de justificarlo.

Le costaba que le removieses los viejos recuerdos pero cuando se metía en harina era un conversador de toros muy interesante y estaba al cabo de la calle de quién era quién en cada momento. Un buen día le llevé a Vilamarxant a Manolo Montoliu, que por aquel entonces había iniciado su carrera de banderillero y al que había visto torear en alguna ocasión.

-Me gusta, ese puede ser, dijo muy serio, y eso dicho por él, que no era precisamente muy dado a la lisonja, sonaba a piropo grande.

En la México tuvo una de sus mejores tardes llevando un toro a una mano, pero para contrarrestar los buenos recuerdos de la capital me hablaba de la cornada que le pegó en Morelia un toro asustado: “Verás, quiero decir que cuando pensaba que lo había metido en el canasto, de pronto pareció como si se asustase, hizo un extraño y me metió hasta la oreja”

Aquel día en Vilamarxant nos dedicamos un almuerzo fenomenal con larga sobremesa. Y al final, justo frente al bar Musical, en plena calle, el maestro nos explicó cómo corría los toros a un mano, para pararlos de salida y para tirar de ellos de aquí para allá. Lo explicaba escenificándolo, y claro la gente se volvía a verle, mientras Alpargatero hacía hincapié en auténticas sutilezas, como la altura a la que debían ir los engaños al principio o al final del recorrido, la importancia de los toques, o la ligereza con que había que quitarles el capote de la cara a los toros, lo importante que es un buen juego de la muñeca para sacar adelante toda aquella teoría o dónde estaba la verdad de un buen par de banderillas y lo conveniente, sobre todo en su tiempo era vital, que era saber correr de tijera para poder tirar de los toros por delante a dos manos porque siempre se habla de la pena que supone el que se haya perdido la costumbre de torear a una mano pero es que lo de torear a dos manos y por delante también se ha perdido y son muchas las tardes que haría falta.

AMIGO Y MAESTRO.- En Utiel con Rafael Ponce “Rafaelillo”.

Y aún le advertiría a Manolo de lo conveniente que es para los banderilleros buenos no darse coba, lo que traducido a un lenguaje directo equivalía a decir que los profesionales no deben arriesgar más de lo indispensable. Y todo seguido se inculpaba de semejante vicio que practicó más de lo conveniente. Una de las veces en Andújar, donde, banderilleando, un toro de Garrido se lo llevó por delante y las consecuencias de aquel exceso, unos dolores intercostales, le acompañaron de por vida. O aquella otra tarde en un pueblo de la huerta, donde a la vuelta de un viaje de América se dejó embaucar por uno de los organizadores y bajó al ruedo en una plaza de talanqueras para ponerle un par de banderillas, de las llamadas de ganxets, a un toro resabiado. Todo por pura vanidad.

-Por cuatro palmas me jugué la temporada y eso no puede ser.

Como aficionado lloró por Granero, proclamaba a los cuatro vientos la grandeza malograda de Félix Rodríguez, defendía a muerte las genialidades de Victoriano de la Serna, pero sobre todo era devoto de Domingo Ortega, a cuyas órdenes fue en dos etapas de su carrera. Tan conocida era su devoción por el maestro de Borox que llegaron a acusarle de haber consentido o aceptado el apaño de un sorteo en Barcelona a favor del maestro cuando Alpagartero actuaba a las órdenes del cordobés José María Martorell.

Es vital saber correr de tijera para poder tirar de los toros por delante a dos manos porque siempre se habla de la pena que supone el que se haya perdido la costumbre de torear a una mano

No era verdad, al menos en esos términos. Ocurrió que después de sortearse se intercambiaron dos toros por decisión de los apoderados. Práctica que hoy día supondría un escándalo y supongo que un imposible pero que en aquellos tiempos era más o menos habitual o al menos no muy excepcional. Y si las partes estaban de acuerdo, la autoridad hasta consentía o miraba hacia otra parte. Naturalmente sucedía cuando había una gran figura de por medio. Se cuenta entre bastidores que Manolete o su apoderado lo practicaba con frecuencia e incluso en tiempos de El Cordobés hubo una gran figura que solía abrir cartel con Benítez que declaró todo airado que ya se había cansado de aquellos paripés de sorteo, lo que daba a entender que hasta ese momento los había aceptado.

“Morenito de Valencia fue el mejor y más completo, por encima de Blanquet, y todo seguido Cantimplas. Blanquet era más de pelea y estaba compenetrado con Joselito, mientras que a Cantimplas, que muchas tardes ni saltaba al ruedo, lo reservaba José para otro tipo de toros. Cuando salía uno de esos que hay que torear era el momento de Cantimplas”

Los intercambios, una martingala por mucho que se quieran justificar, se hacían cuando había algún toro que se le atravesaba a la figura o a sus mentores, y en compensación al torero que cargaba con el indeseado se le ofrecía seguir entrando en los carteles de la figura. Podía tratarse de casos aislados, por toros concretos, o practicarlo habitualmente, pero entonces se notaba mucho y acababa saltando a la luz como cualquier otro abuso.

El caso que nos ocupa lo aceptó el apoderado de Martorell y lo ordenó a las cuadrillas. Luego, cuando el matador cordobés se enteró por la evidencia -no era posible haber enlotado los toros de aquella manera si no había habido apaño- se quejaba fundamentalmente de que nadie se lo hubiese comunicado para decidir él.

A las órdenes de Martorell precisamente tuvo Alpargatero una de sus tardes más triunfales y de las que más orgulloso estaba. El testimonio lo tenía en su propio despacho: una foto enmarcada con el fondo espectacular de los tendidos de la México llenos a rebosar, en la que aparecía tirando de un toro por delante y a una mano.

-Hubo un momento en aquella corrida en que tuve que llevar al toro al terreno apropiado. Lo cogí en la puerta de arrastre y crucé la plaza tirando de él, a una mano, hasta bajo de la presidencia. Cuando levanté el capote y se quedó en el sitio, vi la plaza en pie gritándome ¡torero, torero! Fue una tarde redonda, todo me salió bien. Guardo crónicas muy emocionantes de ese día. En los toros pasa eso, no puedes ir con nada pensado. Tienes que estar dispuesto y preparado para hacer lo que haga falta. Y un día ¡zas!

Para contrarrestar los buenos recuerdos de Méjico también me hablaba de la cornada de Morelia, en su lenguaje la más fuerte de todas con la particularidad de que se la pegó un toro asustado.

-Verás, quiero decir que cuando pensaba que lo había metido en el canasto, de pronto pareció como si se asustase, hizo un extraño y me metió hasta la oreja.

Con Alpargatero hablé de lo que les he contado y de muchas más cosas. Tanto cuando íbamos juntos a los toros como cuando en los últimos años de su vida procuraba visitarle con frecuencia porque me constaba que a él le acabaron gustando nuestras charlas tanto como a mí me emocionaban sus primeros consejos. Supongo que porque sentía la admiración y el aprecio personal que le dispensaba yo y porque era una de las formas de mantener viva una vía de conexión con el mundo del toro del que nunca renegó por mucho que en alguna ocasión se enfadase.

Un buen día me avisaron de que el maestro estaba muy mal. Fui a verle y me lo encontré en la cama. Ya no pudimos hablar. Me saludó con la mirada e hizo un gesto con la cabeza. Volví a fijarme en aquellos brazos largos y enjutos que habían obligado a embestir a tantos y tantos toros, los mismos brazos que templaron a los que ya embestían. Llevaba la camiseta de torear, una como aquellas que se encargaba Joselito el Gallo en Valencia, y tuve la seguridad de que no le gustó que le viese postrado. Le di ánimos y le bromeé: Maestro, que empieza Bilbao y hacen falta toreros; él asintió y me apretó la mano en gesto de complicidad. Tenía ochenta y cuatro años. Su leyenda nunca morirá.

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