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La Revolera

Un hombre cabal y buen aficionado

La distinción a Alfonso Guerra otorgada por los periodistas taurinos de Aragón ha sido muy oportuna para que los enemigos de la Fiesta que se empeñan en politizarla, como cosa de derechistas acérrimos, caigan del burro de una vez. Porque no creo que a estas alturas y con su historial político nadie se atreva a cometer la estupidez de decir ni quiera pensar que el político andaluz es un “facha” porque le gusta el toreo y no se le ha arrugado nunca el ombligo por sentarse en los tendidos de las plazas de toros.

Recuerdo la enorme y desproporcionada bronca que tuvo que aguantar en su época de vicepresidente del Gobierno de España, por el clavo ardiendo al que se agarraron sus adversarios políticos porque viajó en un avión desde Lisboa, donde se encontraba en una misión de su competencia, hasta Sevilla para no perderse una corrida en la que actuaba Curro Romero. Alfonso Guerra no hizo el mínimo comentario al respecto. Era domingo y las carreteras estaban saturadas de vehículos y de meterse en el trafago no habría llegado a tiempo. ¡Qué habrían dicho de haber viajado de Madrid a Castellón en el Fanton oficial, exclusivamente para ver un concierto de rock con su esposa! Son otros tiempos y otro tipo de políticos...

Repito una vez más: buenos aficionados fueron José Díaz (secretario del Partido Comunista), Ramón Rubial (presidente del PSOE) Enrique Múgica (ministro y Defensor del Pueblo), Fernando Ledesma (ministro de Justica con Felipe González), María Aurelia Capmany (escritora y concejala del PSC en el Ayuntamiento de Barcelona) y aquella gloria de las letras españolas llamado Rafael Alberti, que hizo el paseíllo en Pontevedra vestido de torero, en la cuadrilla de Ignacio Sánchez Mejías), y tantos otros hombres y mujeres de izquierdas que amaron y disfrutaron de la Tauromaquia en sus respectivas épocas.

Enhorabuena a don Alfonso Guerra, que practicaba un estilo recio de hacer política, pero no escondía sus ideas ni sus aficiones, como los chiquilicuatres de ahora que solo piensan en las prebendas del poder y, vacíos de ideales, se agarran a la bicoca sin el mínimo espíritu de servicio al pueblo. El arte del toreo no es de izquierdas ni de derechas, es simplemente una disciplina de hombres cabales.