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La revolera

El niño sabio de Camas
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El niño sabio de Camas

“El que quiere ser torero debe arrimarse mucho y pasar fatigas”. Lo ha dicho Paco Camino, aquel chiquillo al que llamaban “El niño sabio de Camas”, porque desde sus inicios se vio cómo llevaba el toreo en la cabeza y acabó siendo un maestro indiscutible. También ha tenido en su comparecencia en Villaseca de la Sagra palabras de elogio para Diego Puerta, “Diego Valor” para los que gustaban de etiquetar a los toreros por su principal característica. Aquel sevillanísimo torero traía al camero a mal traer y era para él un acicate que le obligaba a esforzarse tarde tras tarde para que en la competición no hubiera vencedores ni vencidos.

Puerta era un tigre frente a todo lo que salía por los chiqueros y sus armas esenciales eran el valor, la entrega y la alegría. En el portón de cuadrillas solían hacer él y Camino apuestas que les obligaban a dar el do de pecho cada tarde y en cada toro. Y eso con aquellos toros que no tenía generalmente el volumen de los actuales pero que embestían que se comían las piedras. Recuerdo una tarde en la que ambos formaban terna con Pedrés –al que también había que echarle de comer aparte- y Diego se arrancó pegado a tablas por verónicas hasta el centro del ruedo y el público se cansó de decir “ole” y pasó a contar: ¡siete!, ¡ocho!, ¡nueve!... y así hasta quince.

Cuando Diego abrochó la serie con dos chicuelinas en las que los pitones le acariciaron el corbatín, y se acercó a la barrera le dije -yo acompañaba a mi paisano-: “¡Coño, Dieguito, con unas cuantas verónicas menos habrías tenido bastante...!”. Aquel león me contestó casi sin resuello: “¡Como que me dejaba irme el muy cabrón!”. Así embestían los toros de aquella época en la que perseguían con saña los papelillos que echaban los mozos de espadas al ruedo para ver de dónde venía el aire. Y así se entregaban los toreros...

Hoy el toreo adolece de un exceso de academicismo quizá porque los chavales que quieren ser toreros suelen contar desde que dan el primer pase a una becerra con un “ponedor” que los lleva a los tentaderos con su Mercedes como si fueran ya figuras del toreo. También eso le chirría hoy a Camino, y con razón. Y claro, las “fatigas” y el heroísmo, necesario en los tiempos de Puerta, Camino, El Viti y Mondeño, para hacer el aprendizaje que los llevara a la “plaza de nombre y al traje tabaco y oro”, se han quedado hoy en la copla de la “Ganadera Salmantina”.

Ya no hay toreros que le contesten al “pesao” de la barrera cuando les increpa en una mala tarde: “¡No tienes vergüenza torera!”, con un; “¡Ni tú de la otra!”. Ahora todo es más aséptico, más previsible, lo que ayuda poco a que aparezcan toreros cuya principal característica sea la personalidad; ese “ser distinto” que siempre cotizó tan al alza en la tauromaquia. Y Paco Camino, al que vi debutar de novillero en Barcelona, cuando venía de triunfar en Zaragoza, plaza que también administraba el abuelo Balañá, andaba por la arena como si aquello fuera de su propiedad, incluso su “hábitat” natural. Y claro, desde el primer día uno se daba cuenta de que allí había un torero de postín. Por eso, hoy, Paco Camino Sánchez es historia grande del toreo.